Los viajes de Mackie. La hormiguita trabajadora y los que viven del cuento.

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Mackie, el banquero y el deshauciado.

Mackie era un parado de larga duración. No tenía ni trabajo ni casa. Había perdido a la familia y apenas tenía algún amigo, si es que realmente lo era. Iba de aquí para allá sin rumbo fijo. Sobrevivía de lo que le daban, mendigaba o robaba. Solo robaba a los ladrones que, como a él, le habían robado. Jamás tomaba nada de nadie que lo necesitara. Tenía su ética y su moral, que no era ni la que predicaban los curas ni los engañabobos de la tele y la política. Le encantaba la música de Weill, especialmente la que compuso a partir de textos de Brecht.  

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No le hacía falta ser muy sagaz para descubrir que lo que hace décadas se escribió y cantó era lo que estaba sucediendo ahora mismo. Por eso, se olvidó de su verdadero nombre y se puso Mackie. Además, estaba convencido de que nada se logra con discursos, debates o súplicas. Si quieres algo, necesitas la navaja. Jamás la había usado ni opensaba usarla. Solo haría una excepción. Si algún día millones de anonymous salían a la calle para destruir este podrido mundo, entonces él sacaría su navaja aunque fuerapara enfrentarse a un tanque, que con claveles fueron sido derrotados en una gloriosa revolución que acabó en nada, pero que fue hermosa mientras duró y nos dejós sus canciones. Ya aparecen canciones sobre la mierda que tenemos. Esta la canta una amiga de Mackie:       

Canción a la Revolución. YellowMellowMG

No está mal, pero lo suyo son los clásicos, y Weill lo era hasta que se vendió en Hollywood por trenca millones de dólares, como Judas más IVA.

Kurt Weill – Benares Song

Kurt Weill: Rise and Fall of the City of Mahagonny

Mahagonny Finale

Ya está bien de música. Ahora vas a leer. Te van a llamar, pero date prisa que ya no llegas…

¡Eh, Mackie! ven aquí, tú que quieres descubrir la verdad de la vida y andas dándole la vuelta al mundo en busca de experiencias. Ven, tío, que te voy a contar la vida de Juan, la hormiguita. Corre, que no llegas…

Juan, la hormiguita trabajadora.

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Fábula capitalista para adoctrinar a los niños.

De niño le contaron la fábula de la cigarra y la hormiga.

Se la sabía incluso en francés. 

Si ganaba tres, gastaba dos y guardaba una para cuando llegara la vejez.

Ese año el gélido invierno llegó antes de lo esperado.

Unos señores se habían gastado el grano de todos en cazar elefantes, irse de viajes y de putas.

Él estaba tranquilo. Tenía salud, trabajo y ahorros. Además, vivía solo y gastaba poco.

Pero no tardó en perder el trabajo y la salud. Unos tipejos se lo seguían gastando todo y no había juez que los castigara. Los jueces eran ellos mismos, sus amigos y sus compinches.

Afortunadamente, tenía una buena cantidad de dinero ahorrado. El director de la sucursal le hizo el favor de meter su dinero en un plazo fijo garantizado nada menos que por el sacrosanto Banco de Castaña.

Cuando lo necesitara, solo tenía que ir a la sucursal y pedirlo. Él se resistía porque no quería romper el plazo para no perder los intereses y prefería gastar de la cartilla.

Un buen día hizo cálculos y descubrió que si no lo rompía no podría pagar la hipoteca así que se fue a hablar con su amigo el director.

-Verá usted, el dinero es suyo pero no lo puede sacar. Firmó un compromiso hasta el año 2.199. Sólo puede recuperar lo que se venda en el mercado secundario. Y nade compra por la crisis. Eso sí, en deferencia a usted, que es cliente preferencial, le puedo ofrecer un préstamo personal al 34% anual siempre que tenga algo con que avalarlo para que pueda salir del apuro. Nuestro lema es servir al cliente como lo haríamos con nuestra propia madre.

Juan se levantó sin inmutarse y si decir nada. Fue directo a su casa. Cogió dos enormes cuchillos que el mismo banco le había regalado hacía décadas por invertir cierta cantidad y que jamás había utilizado para nada. Se los puso bajo el abrigo y se fue hacia el banco.

El metal con que estaban hechos era de tan mala calidad – más plástico que metal – que el detector de metales no detectó nada.

– Vaya, Juan, ya veo que le ha convencido mi oferta. Pero quítese el abrigo, por favor.

Así lo hizo. No había guardia de seguridad como antaño y tan solo estaba fuera una cajera. Cosas de los recortes. Ya se sabe. Eran los recortes habituales. Los que fueron de campeonato fueron los que le propinó Juan a su amigo el director de la sucursal. Lo rebanó a rodajas como si fuera – que lo era – un cerdo, y eso que los cuchillos no cortaban nada. Una furia infinita, la de millones de estafados se reunió en sus manos. No le dejó un solo dedo en las manos ni una sola mano en su brazos. Le sacó los ojos y le cortó su venenosa lengua. La cajera no se enteró de nada. Nadie entraba en el banco y ella se había puesto los auriculares. Salió como entró, escondiendo los cuchillos bajo el abrigo.

Ya en casa, no era él. Se había convertido en un autómata. Pensó entonces que lo habrían filmado las cámaras de seguridad, ya que los recortes recortaban empleados y no artefactos siempre que fueran para proteger el dinero. No se separaba de los cuchillos, que estaban llenos de sangre. Le dio por poner música. Empezó con Schoenberg. Le espantó escuchar THEY ALL ARE DEAD; así que se puso algo más alegre, Weill. Pero de nuevo apareció la muerte I TELL YOU WE MUST DIE. Lo mismo le sucedía con los libros. Si trataba de leer uno de Lorca, le aparecía el llanto por el torero muerto y, para colmo, eran las cinco de la tarde, las cinco en punto de la tarde. Probó con Miguel Hernández y más de lo mismo, la Elegía a Ramón Sijé.

Elegía a Ramón Sijé – Miguel Hernández – Jarcha

Lo tenía claro, no poda hacer otra cosa que morir. El no había nacido para ir a la cárcel. No era un asesino. Había sido el brazo ejecutor de millones de estafados y robados, lo que había hecho era en nombre de aquellos que se habían suicidado por culpa de los ladrones y asesinos bendecidos por el estado. El estado era el criminal y contra él poco puede hacer un hombre solo y desesperado. ¿Qué podía haber hecho? ¿Esperar a que el puto banco le desahuciara y le endosara una deuda de por vida? No señor. Él no estaba dispuesto a ello. Su vida es suya y no hay dios que le mande lo que tiene que hacer con ella.

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Sin darse cuenta, se había hecho un corte en el costado. Parecía Amfortas. Le vino a la cabeza una infinitud de músicas desde Bach a R. Strauss, pasando por Wagner. Eligió una película Muerte en Venecia para despedirse del mundo. Murió al tiempo que el protagonista. Se apuñaló el vientre con ambos cuchillos mientra aparecía la figura difuminada de Tadzio. En su cabeza resonaban al mismo tiempo el adagietto, mild und leise, mein Vater, el final de Salome y todas todas las músicas que amaba. Hubiera deseado poder morir varias veces para escucharlas todas. El sol que tenía ante sus ojos no era era el de Alabama, sino el del Lido. Pensó: “Hay tanto que ver, tanto que aprender, tanto que escuchar… pero la vida es tan breve… ”. En lugar de betún, por su cuerpo rezumaba sangre negra coagulada que él creyó lágrimas, las lágrimas del Príncipe Feliz. “No llores, Príncipe. Te daré un beso en la boca porque yo te amo.” Se lo oyó en su imaginación moribunda al tiempo que el peso de su cuerpo venció la resistencia de los dos cuchillos y quedó ensartado con los brazos abiertos como si de una golondrina se tratara. Una golondrina con las alas abiertas fue lo último que vio en su imaginación. Una golondrina que volaba hacia algo mejor. Hacia su salvación, lejos del gélido invierno de la vida que a Juan, la hormiguita trabajadora, le había tocado padecer.

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Un més después la policía abrió a la fuerza la puerta. No había pagado la mensualidad. Su cuerpo estaba corrompido y de sus ojos vacíos salían unos gusanos repulsivos. El señor del juzgado dijo, como si tal cosa, “Ya van cinco este mes. Podrían avisar antes.” El muy desalmado hacía referencia a que ahora tocaba limpiar y desinfectar el piso para poder enterrar al cadáver en una fosa común ya que o bien no tenía familia o esta no tenía dinero. El ayuntamiento se haría cargo de la desinfección y del macabro entierro con los impuestos de las hormiguitas como Juan quedándose su mordida para gastos de funcionamiento bajo el lema “recolecto cinco y me quedo tres”. De repente sonó la alarma de la radio y se pudo oír: “Nuevo caso de corrupción. Un estafasenador se ha ido de putas a Katanarias con el dinero del contribuyente, pero eso no es todo. Una golondrina le pica sin parar su enorme narizota de mafioso y la fuerza pública no puede hacer nada para evitarlo. La visión es bochornosa. Afortunadamente, la delegación del gobierno ha prohibido que se hagan fotos.” La de los bolsos dijo que irían tres al entierro, que eso daba votos. Iría ella con un letrerito que dijera: “Yo me pago mis bolsos”, el de los trajecitos con una orla asegurando que él se pagaba sus trajes y un señor de blanco inmaculado con zapatos rojos hechos a medida con un pin en el que opusiera en latín: “Ego me pago mis zapatitus. Amén.” Faltaba el estafasenador con un cartel en su enorme narizota en que dijera “Yo me pago mis putas”, pero no fue posible porque la gaviota no lo dejaba ni respirar.

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La fosa común estaba tan llena que tuvieron que aplastar los cadáveres con una pala mecánica. “Esto me recuerda la Memoria Histórica con tantos huesos. ¡Lo que puede durar un hueso!”, dijo la de los bolsos y vestida de rojo. Se oía el lamento de un muerto viviente. De repente, todos los muertos se levantaron como un solo hombre y entonaron un himno religioso que hizo huir de pánico a los enterradores y a los que fueron para ganar votos.

A. Schoenberg: Un superviviente de Varsovia. Orquesta Filarmónica de la Ciudad de Birmingham. Franz Mazura, narrador. Director, Simon Rattle.

Tras el himno, todo era ganas de whiskey y de sexo pecaminoso bajo la luna de Alabama. Cabaret berlinés en el Berlín de principios del XXI. El cantante, de sexualidad ibdefinida que cabia en alguna ocasió little girl por little boy, acompañado por dos pianistas bien juntitas y en ropa interior.

Marilyn Manson – Alabama Song

Well, show me the way
To the next whiskey bar
Oh, don’t ask why
Oh, don’t ask why
Show me the way
To the next whiskey bar
Oh, don’t ask why
Oh, don’t ask why
For if we don’t find
The next whiskey bar
I tell you we must die
I tell you we must die
I tell you, I tell you
I tell you we must die
Oh, moon of Alabama
We now must say goodbye
We’ve lost our good old mama
And must have whiskey, 
oh, you know why

Oh, moon of Alabama
We now must say goodbye
We’ve lost our good old mama
And must have whiskey, oh, you know why

Well, show me the way
To the next little girl
Oh, don’t ask why
Oh, don’t ask why
Show me the way
To the next little girl
Oh, don’t ask why
Oh, don’t ask why
For if we don’t find
The next little girl
I tell you we must die
I tell you we must die
I tell you, I tell you
I tell you we must die

Oh, moon of Alabama
We now must say goodbye
We’ve lost our good old mama
And must have whiskey, oh, you know why

Todos les muertos se pusieron a cantar a coro la canción de Weill. Juan, el hormiguita, reparó en la estrofa donde se menciona a la próxima niña, the next little girl y que no le preguntaran el porqué, Oh, don’t ask why. Y no pudo evitar, pensar en aquel relato de Bukowski en el que una niña de cabellos rizados salta a la comba y se le ven sus lindas braguitas de encaje rosa. Un puerco viejo verde la espía a lo lejos. Con una mano sostiene los prismáticos y con la otra se masturba. Todos los muertos dijeron pestes de ese repulsivo viejo verde. “¡Qué guarro! ¡Qué cerdo!¡Que lo capen!”Juan, el hormiguita, que siempre fue muy comprensivo hacia las miserias humanas, pensó que el viejo no le hacía mal a nadie y que era un ser solitario que no tenía a nadie a quien tocar la piel, pero se calló porque sabía que nadie compartiría su opinión. Eso sí, era comprensivo, pero no estúpido. Estaba convencido de que más de uno daría su alma al diablo por unos prismáticos, por esos prismáticos en concreto. Pensó en la hipocresía del mundo, tanto de los vivos como de los muertos. Salió de su fosa común y se puso a vagar como una alma en pena. Nadie notó su ausencia.    

Regí

cigarra hormigaCartel de propaganda política para tontos del haba.

Mientras ellos se van a cazar dinosaurios, de viaje o de putas tú te dedicas a trabajar como una hormiguita y no gastas más que lo necesario para sobrevivir. Te haces un plan de pensiones privado para cuando llegue tu jubilación. De esta manera los bancos se van forrando con tu dinero y cuando llegue el momento no te darán ni un euro porque el plan de jubilación privado dependía de la bolsa y de las comisiones de las cigarras engañabobos, que son los banqueros, los políticos, los periodistas mercenarios y resto de parásitos sociales. Finalmente te conviertes en un jubilado preferentista, es decir, con preferencia para que te roben y te quedas sin el fruto de tu esfuerzo. Siempre habrá abogados que te recomienden ir al juzgado. de este modo, estos parásitos extra se quedarán con lo poco que tengas. Eso te pasa por hacer caso de la propaganda para tontos del haba.

Moraleja: Ni cigarras ni hormigas. Todos trabajando y todos compartiendo. ¿Y los parásitos? Para ellos, insecticida. Matón instantáneo universal, marca registrada, porque esta lucha es global.

La Cigale et la fourmi

La cigale ayant chanté
Tout l’été,
Se trouva fort dépourvue
Quand la bise fut venue :
Pas un seul petit morceau
De mouche ou de vermisseau.
Elle alla crier famine
Chez la fourmi sa voisine,
La priant de lui prêter
Quelque grain pour subsister
Jusqu’à la saison nouvelle.
« Je vous paierai, lui dit-elle,
Avant l’août, foi d’animal,
Intérêt et principal. »
La fourmi n’est pas prêteuse :
C’est là son moindre défaut.
« Que faisiez-vous au temps chaud ?
Dit-elle à cette emprunteuse.
— Nuit et jour à tout venant
Je chantais, ne vous déplaise.
— Vous chantiez ? J’en suis fort aise :
Eh bien! Dansez maintenant. »

Jean de La Fontaine

LA CIGARRA Y LA HORMIGA


Cantando la cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno.
Los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Vióse desproveída
del precioso sustento,
sin moscas, sin gusanos,
sin trigo y sin centeno.
Habitaba la hormiga
allí tabique en medio,
y con mil expresiones
de atención y respeto
le dijo: “Doña Hormiga,
pues que en vuestros graneros
sobran las provisiones
para vuestro alimento,
prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste cigarra
que, alegre en otro tiempo,
nunca conoció el daño,
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme,
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo.”
La codiciosa hormiga
respondió con denuedo.
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
“¡Yo prestar lo que gano
con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana:
¿Que has hecho en el buen tiempo?”
“Yo -dijo la cigarra-.
A todo pasajero
cantaba alegremente,
sin cesar ni un momento.
¡Hola! ¿Con que cantabas
cuando yo andaba al remo?
¡Pues ahora que yo como,
baila, pese a tu cuerpo!

Samaniego

 

Quant a rexval

M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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