Shostakovich. Sinfonía Nº 12. «El año 1917».

Shostakovich con 50 y tantos.

10 de maig, divendres. 19.30

F. Coll: Hidd’n Blue
E. Elgar: Concert per a violoncel en mi menor, op. 85
D. Xostakóvitx: Simfonia núm. 12 en re menor, op. 112, “L’Any 1917”

Gautier Capuçon, violoncel
ORQUESTRA DE VALÈNCIA
Ramón Tebar, director


El concierto del viernes pasado era de obligada asistencia para mí, ya que Dmitri Shostakovich es uno de mis compositores favoritos y sus peripecias vitales inmersas en pleno estalinismo me interesan tanto en su vertiente histórica como ideológica. No me sucede lo mismo con Elgar aunque su concierto para violonchelo (interpretado en la primera parte) no lo desdeño por su belleza y por la evocación que me produce de la formidable Jacqueline du Pré, primera esposa de Barenboim, fallecida tan joven. Por eso, me centraré en el soviético.

Según el musicólogo José Luis Téllez en la conferencia previa a la representación en el Real de Lady Macbeth (del distrito) de Mtsensk, ópera que hizo temer por su vida o la de los suyos a Shostakovich porque a Stalin no le gustó a diferencia del público de la época, decía una verdad como un templo que los medios occidentales han tratado de alterar: “Siempre fue Shostakovich un ciudadano honrado a carta cabal y un comunista absolutamente convencido e íntegro.” (10:35)

Yo añadiría que es el mismo caso que George Orwell, que luchó voluntario en la Guerra Civil española encuadrado en el POUM, partido comunista antiestalinista. Para ser comunista no hace falta ser partidario del dictador mencionado, sino al contrario. También hay que tener en cuenta que el compositor y el dictador fueron contemporáneos durante unas décadas que acaban en 1953 con la muerte del georgiano, un genocida temido por todos. Podríamos mencionar a otros tantos como el cineasta Serguei Eisenstein o el poeta Vladimir Mayakovsky que, siendo revolucionarios, pronto comprendieron que lo que se avecinaba no era por lo que habían luchado o creído.

Dmitri Shostakovich – Symphony No. 12: The Year 1917

Aunque tiene el primer movimiento es excelente, llama la atención que la sinfonía que nos ocupa, la 12, conocida como «El año 1917» tenga claramente menos calidad“desmotivada” afirma el crítico que nos acompaña más abajo – que la anterior y posterior, es decir, la 11 y la 13, entre las fenomenales “El año 1905” y “Babi Yar”. Da la impresión de que la escribió sin demasiado entusiasmo; todo lo contrario que las otras dos – especialmente la 13. Con el segundo movimiento empieza a decaer la obra y ya no se recupera, no emociona como otras de sus sinfonías y no mantiene el interés esperado en un compositor como Shostakóvich.

El compositor admiraba a Lenin, pero odiaba a Stalin y el “realismo socialista” que surge de su camarilla, y esto se nota. Este “realismo” es ultraconservador en todos los sentidos y vino a destruir la vanguardia artística que precede y acompaña la época de Lenin.

Veamos que dice mi admirado Fernando de León (oidofino), todo un experto en el sinfonismo de quien se metió a bombero porque no le permitieron luchar contra los invasores alemanes en el sitio de Leningrado debido a sus problemas visuales.

Regí.


La Sinfonía Nº 12 en Re menor Op. 112, subtitulada «El año 1917» fue estrenada en Leningrado el 1 de octubre de 1961 por la Orquesta Filarmónica de Leningrado bajo la dirección de Yevgeny Mravinski.

A lo largo de 1917 aquel niño prodigio, precoz pianista de 11 años, Dmitri Dmitrievich Shostakovich fue testigo de la gran sucesión de acontecimientos en la agitada capital imperial rusa. Petrogrado, denominación que sustituyó a San Petersburgo en 1914, sufrió durante febrero y marzo del 17 una serie de revueltas, huelgas y altercados públicos, denominados en su conjunto Revolución de Febrero, que motivaron la abdicación del zar Nicolas II y la creación del gobierno provisional de Kerensky. En abril, los inquietos habitantes de la estremecida ciudad celebran la llegada desde el exilio de Vladimir Ilich Lenin a la Estación Finlandia, con lo que se fortalece el creciente poder de los bolcheviques en el soviet de Petrogrado y el consiguiente asalto al poder, que culminará con la revolución de octubre y el nacimiento de la Unión Soviética.

Desde los años treinta Shostakovich había anunciado su intención de componer una obra de grandes dimensiones para describir la figura de Lenin. «Ya sea una sinfonía, una cantata, un oratorio o un poema sinfónico, es lo mismo. No lo tengo previsto, pero sí sé que dar cuerpo a la imponente imagen del hombre más importante de un tiempo tan complejo como el que hemos vivido necesita del uso de todos los recursos creativos posibles». Así se expresaba en 1959, tras diversos fracasos para componer algo en honor del líder de la revolución bolchevique. La dolorosa realidad de los encontronazos con la crueldad estalinista había servido como freno al impulso del compositor para plasmar la idílica figura que retenía en su memoria.

Tras la exitosa presentación de la Undécima sinfonía, Shostakovich, ya rehabilitado de los cargos que le impuso el decreto Zahdov, vive momentos de gran capacidad creadora, de su pluma salen en los años siguientes interesantes obras como la opereta Moscú, Cheriomushky un género que en Occidente había sido barrido por la revista musical, y el Cuarteto de cuerdas Nº 7, el más corto de los quince, prácticamente un adagio en sí mismo, escrito a la memoria de su primera esposa, Nina Varzar, muerta unos años antes. Y dos grandes obras maestras: el primer Concierto para violonchelo y orquesta dedicado a Mstislav Rostropovich, concierto situado en la cumbre de la dificultad interpretativa; y el Cuarteto de cuerdas Nº 8, quizás el más famoso de los quince que escribió el compositor. Estas dos últimas obras marcadas por el uso del conocido tema-anagrama DSCH, lo que ha dado pie a múltiples opiniones sobre el estado de ánimo de Shotakovich.

La mayoría lo achaca a un hecho que marcó un punto de inflexión en la vida del compositor, su afiliación al Partido Comunista en 1960. Si bien las formas del régimen de Jrushchov distaban mucho de los métodos empleados en tiempos de Stalin, los familiares cercanos siempre mantuvieron que dicha adscripción no fue por propia voluntad. Concretamente, su hijo Maxim recalcaba que el asunto llenó de lágrimas a su padre y la viuda, Irina Supinskaya, afirmaba que su marido fue literalmente chantajeado. Efectivamente, durante la Guerra Fría las autoridades soviéticas optaron por ofrecer una imagen amable de su relación con los artistas, en lugar de hostigarlos. También hay que señalar que durante esos años muchos deportados volvieron del Gulag siberiano, bastantes artistas víctimas de las purgas estalinistas, con la consiguiente carga de pena por los padecimientos sufridos. Y si a lo anterior unimos que en 1959 se resuelve el tortuoso divorcio con su segunda esposa, Margarita Kainova, tras tres años de infeliz matrimonio. Para terminar, baste decir que fue en este período cuando aparecen los síntomas de la mielitis crónica que padeció el resto de su vida.

La pregunta es: ¿cómo, dentro de este período tan fértil en cuanto a calidad, el músico crea una obra que, salvo alguna excepción, es situada en el escalón más bajo de su producción artística?

Antes de tratar de contestar hagamos una descripción de la sinfonía. Con una duración de entre 40 y 45 minutos, se desarrolla una obra descriptiva, muy en la línea de la anterior pero con la diferencia que no se nos ofrece como cuatro capítulos de una historia continuada, sino que, a diferencia de la 11ª, aquí cada movimiento es un cuadro alusivo a la revolución que terminó con el triunfo bolchevique, pese a ejecutarse sin pausas entre ellos.

El primer movimiento Petrogrado Revolucionario (Moderato-Allegro-Più mosso-Allegro), un muy académico movimiento en el que entronca con la anterior sinfonía, ya que como tema principal usa la conocida canción La Varsoviana para describir el ánimo inflamado e imparable de los habitantes de la revuelta ciudad, así el tema secundario se enfrenta al primario describiendo un panorama de acciones clandestinas, movimientos secretos que al final concluyen con la explosión del tema principal en un enfático todo orquestal que transmite la idea del triunfo revolucionario. Todo dentro de un esquema clásico de forma sonata que hubiera hecho las delicias tanto de su profesor Glazunov como de los teóricos del realismo socialista.

El segundo movimiento (Allegro continuando-Adagio) se denomina Razliv y hace referencia al lugar donde se encontraba el cuartel general de Lenin a las afueras de Petrogrado, en el golfo de Finlandia. Un oscuro adagio de aproximadamente 14 minutos basado en la marcha funeral por los caídos en la Revolución de la 11ª sinfonía, nos pinta un frío y desolado paisaje del duro invierno ártico.

Aurora es el nombre del tercer movimiento (Adagio continuando-Allegro), de corta duración, sobre 4 minutos, y es un homenaje al acorazado de la armada imperial del mismo nombre. Sus disparos sobre el Palacio de Invierno son tenidos como la marca de salida de la revolución bolchevique del ’17. Con su estilo propio e inconfundible, las cuerdas en pizzicato describen la determinación de la marinería, determinación que se nos ofrece aumentada con la incorporación de nuevos grupos instrumentales, confluyendo de nuevo en las notas de la revolucionaria La Varsoviana, el final del scherzo va, por supuesto, a cargo de la percusión simulando el cañoneo sobre el palacio.

El cuarto movimiento recibe el nombre de La caída de la Humanidad (Allegro continuando-Allegretto-Moderato) y trata de describir una idílica sociedad socialista guiada por Lenin. De aproximadamente 11 minutos trasmuta la marcha funeral del segundo movimiento en una marcha triunfal que progresivamente va acercándose a un final apoteósico que, destinado al regocijo de los dirigentes soviéticos del momento, no consigue conmover al oyente.

Varios son los argumentos que se podrían esgrimir para contestar a la pregunta que más arriba quedó en el aire. Para muchos, mayormente músicos y musicólogos occidentales, la sinfonía no es sino una prueba más de la subordinación cobarde del compositor al aparato dirigente soviético; no es descabellado pensarlo, ya que se juntan dos factores importantes: coincide con su afiliación al PCUS y ocupación de cargo político, y el excesivo academicismo de la composición.

En contra de esta opinión, se puede aducir que Shostakovich desde hacía 30 años se sentía en deuda con la figura del que, para él, era la verdadera encarnación del espíritu socialista tan esperado por las gentes de Petrogrado, en contra de los burócratas y tiranos que rigieron la URSS de forma tan cruel. Y que mejor momento que una continuación de la revolucionaria undécima sinfonía.

Quien esto escribe, humildemente prefiere inclinarse y buscar al hombre. Shostakovich ya no es el pequeño Mitia, brillante, que deslumbraba en el conservatorio, ni el joven de 30 años que se convierte en diana de los dardos de Stalin y vio más de una vez la muerte rondarle de cerca. Ni tan siquiera, el cuarentón que, más por viejo que por sabio, supo capear de la mejor forma posible los incongruentes ataques del decreto Zhadov. El hombre que firma esta partitura se nos aparece ya como dueño de su destino y de su música, y claramente redacta esta duodécima sinfonía de más a menos. ¿Por qué? Su primer movimiento tiene más fuerza él solo que el resto de la obra: no cabe duda que el recuerdo del Petrogrado conspirador le despierta la inspiración. El resto ya adolece de esa emoción que transmiten tanto la 11ª sinfonía como el movimiento de apertura. Está claro que su mente está en otra cosa, ya, de nuevo, quiere provocar: la matanza de Babi Yar se sitúa en el centro de su punto de mira. Baste como referencia que, por única vez en su producción artística, a una sinfonía (Nº 12 Op. 112) le continúa otra sinfonía (Nº13 Op.113). Esto nos da una clara idea de la estima que el propio compositor tenía a la duodécima sinfonía.
Con la misma estima, Bernard Haitink, según cuentan algo reticente, nos ofrece, una desmotivada sinfonía número 12 Op. 112 «El año 1917», dirigiendo a la excelente agrupación de la Royal Concertgebouw Orchestra.

Autor: Fernando de León (oidofino).

PD. Es inevitable hacer alusiones políticas a la hora de abordar el trabajo de Shostakovich. Aunque hoy no hay duda de su nula simpatía hacia Stalin y del sistema que organizó, durante décadas se le consideró en Occidente un colaborador del sistema soviético incluso tras la muerte del dictador en 1953 – de hecho se afilió al partido después de su óbito en 1960 ya fuera por convencimiento o por chantaje, según dijeron sus familiares, especialmente su hijo, preparado para su propia proyección internacional como músico sin demasiado éxito dirigiendo la obra de su padre. Destacó Rostropóvich, amigo del compositor y del dinero, y actualmente Valery Gergiev, insuperable director de sus sinfonías y el más idiomático con sus huestes rusas en lugar de las occidentales, como la holandesa y la alemana, que cito más abajo.

Siempre me interesaron las interpretaciones de las grandes sinfonías por parte de Solti, que fue el único superviviente de su familia asesinada por los nazis por ser judíos. Se salvó por estar en el momento apropiado en el extranjero y ser avisado de lo que se avecinaba. Solti fue un anticomunista visceral que se negó a interpretar al compositor que nos ocupa exclusivamente por motivos políticos ya que pensaba que era un lacayo del régimen. Cuando se percató de que no lo era, se puso a grabar discos del ruso apresuradamente, pero no llegó a realizar la integral para DECCA ya que no tuvo tiempo vital. Ya era demasiado tarde y murió.

La primera integral de las sinfonías – si se puede llamar así porque fueron interpretadas por dos orquestas diferentes – que llegó a mi conocimiento y manos fue la que comenta el musicólogo Fernando de León, es decir, la de  Bernard Haitink (DECCA) dirigiendo la Royal Concertgebouw Orchestra y la London Philharmonic Orchestra, única que conocí hasta que apareció o descubrí la de Rudolf Barshai con la WDR Sinfonieorchester (Brilliant) de 1994 a 2000.


Hoy nadie duda de que estamos ante uno de los mejores sinfonistas del siglo XX, si no el mejor, aparecido tras Mahler que, según se comenta, fue su modelo. Desde mi punto de vista de wagneriano convencido, la trilogía Bruckner, Mahler, Shostakovich es todo un hito de la música clásica acrecentado por los cuartetos y otras obras del ruso y del húngaro Béla Bartók .

Regí.

 

Quant a rexval

M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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