‘Los mejores terroristas de la clase obrera’. Joan García Oliver.

Discurso de Juan García Oliver en 1937.

(…) NOS UNIMOS EN AQUEL MOMENTO, LO QUE NO TENGO VERGÜENZA EN DECIR, LO QUE TENGO ORGULLO EN CONFESAR, LOS REYES DE LA PISTOLA OBRERA DE BARCELONA. (…) Actuábamos disgregados, pero HICIMOS UNA SELECCIÓN: LOS MEJORES TERRORISTAS DE LA CLASE TRABAJADORA, LOS QUE MEJOR PODÍAN DEVOLVER GOLPE POR GOLPE. (…)

Registro del discurso de Juan García Oliver, en esos momentos ministro de Justicia de la República, realizado por el director Mateo Santos, el 20 de noviembre de 1937 durante el acto de inauguración del mausoleo de Durruti, Ascaso y Ferrer Guardia en el cementerio de Montjuïc de Barcelona. El mausoleo fue destruido en 1939 por las tropas franquistas. Durante 40 años estuvo prohibido dejar flores o recuerdos, incluso acercarse según un reglamento del cementerio. Los nombres fueron borrados y las tumbas están vacías.

Para evitar malos entendidos y tener una mejor visión histórica es recomendable leer el libro del mismo Juan García Oliver “El eco de los pasos”. También el libro “Durruti en la revolución española” de Abel Paz entrega datos históricos para entender el anarquismo español en su contexto histórico.

“Nuestro grupo anarquista se formó el año 1923 en circunstancias muy aciagas para nuestro movimiento, muy tristes para toda la clase trabajadora. Dueños casi de la ciudad eran las bandas de pistoleros del Sindicato Libre que patrocinaba la patronal. Las hordas policíacas coadyuvaban a la obra de destrucción de nuestras organizaciones y de nuestros hombres. Había caído el coloso del anarcosindicalismo: Salvador Seguí. Habían caído viejos militantes, primeros hombres de nuestro movimiento tan espléndido de hoy.

Cuando comprendimos nosotros que probablemente pudiera llegar el momento de que fuésemos absolutamente vencidos, nos unimos en aquel momento lo que no tengo vergüenza en decir, lo que tengo orgullo en confesar: ¡los reyes de la pistola obrera de Barcelona! Pero hicimos una selección: los mejores terroristas de la clase trabajadora, los que mejor podían devolver golpe por golpe. Nos unimos y formamos un grupo, anarquista, un grupo de acción, para luchar contra los pistoleros, contra la patronal y contra el gobierno. Conseguimos nuestro objetivo, les vencimos.”

(Discurso pronunciado el 20 de noviembre 1937

por García Oliver  en Montjuïc  (Barcelona) en la inauguración del mausoleo en 
honor a los a los dirigentes anarquistas  Durruti, Ascaso y Ferrer Guardia (maestro y pedagogo fundador de la Escuela Moderna, Racional y Científica).

El autor del texto es
Mateo Santos, periodista, escritor y director de cortos documentales)


García Oliver fue un niño de clase baja que conoció las penurias reservadas a la clase trabajadora. Nació en Reus, Catalunya, país donde la acracia fue muy importante y mayoritaria. Llegó a contar con 2 millones de afiliados y fue la principal organización que realizó la revolución española tras el estallido de la guerra. Trabajó de camarero y profesaba unas ideas políticas y sociales anarquistas siendo un defensor del anarcosindicalismo.

Llegó a ser ministro de Justicia con Largo Caballero. La también catalana Frederica Montseny también fue ministra. Hubo por entonces un gran debate entre los que sus principios impedían formar parte del gobierno y lo que creían que en un caso como el del entonces con el fascismo extendiéndose y la amenaza de una guerra aconsejaban dejar los principios y organizarse para la lucha con otros antifascistas ya fueran republicanos, socialistas o comunistas.

García Oliver escribió su autobiografía en un libro titulado “El eco de los pasos” que merece ser conocido ya que es un documento que nos muestra la miserable vida de los trabajadores. Yo diría que tiene valor literario y que no desmerece de “Historia de dos ciudades” del británico Dickens.

A continuación los recuerdos de cuando tenía 7 años y la muerte de su hermano debida a la violencia estructural del régimen monárquico de la Restauración Borbónica que se inició con Cánovas y Sagasta.

Tengo siete años. Asisto a las clases de primera enseñanza en la escuela pública. A las cinco de la tarde, los alumnos salen a la calle. Sería buena hora para merendar, pero tendré que prescindir de la merienda porque en mi casa no hay nadie. Mi padre, mi madre y mi hermana mayor están trabajando todavía en el «Vapor Nou»; la pequeña, Mercedes, quién sabe dónde estará, posiblemente fregando en alguna casa de ricos. A falta de merienda, a jugar, a correr hasta cansarse. En primavera, en verano y hasta en otoño, en espera de las siete de la tarde, cuando salen los obreros de la fábrica, se podía jugar a la clotxa, al belit, a las canicas, con el trompo, a las cuatro esquinas; mientras las muchachas se divertían con sus clásicos corros, para, de pronto, ponerse a correr y chillar, como golondrinas. Mientras, van llegando los padres del trabajo, subiendo lentamente las escaleras que conducen al hogar, con mobiliarios de lo más pobre, camastros con colchones de hojas de panojas de maíz, con alumbrado doméstico que, con el tiempo, ha sido una antología de la luz: candil de pábilo y aceite, palmatoria con vela de estearina, bote de carburo.

Barrios de obreros, donde no ha llegado todavía el gas a domicilio, ni, mucho menos, la electricidad. Pero cuando llega el invierno, con vientos helados que corren por las calles, se encogen los ánimos de los niños y niñas, que entonces andan arrinconados por zaguanes o escaleras. A veces, porque en invierno se siente más pronto el hambre que en verano, se forma una gavilla de muchachos que van a esperar a los padres a la puerta del «Vapor Nou». Allí, había un tramo de pared calentita por la que transpiraba el calor de la tintorería, cuyos ásperos vapores salían por un tubo de escape que daba a la calle a unos veinticinco centímetros del suelo. Son las seis y media, siete menos cuarto. ¡Cuánto tardan en llegar las siete para los apelotonados muchachos! Porque el frío avanza en ráfagas cortantes. Cuando silbaba el viento de las montañas próximas a Reus, decía la gente: «Com bufa el Joanet de Prades!» Pegados, muy pegados los unos a los otros, pasándose el vapor de los alientos, que se mezclaba al vapor que salía del tubo de escape. Y, al fin, la sirena anunciando el término de la jornada de trabajo. Jornada larga, de las seis de la mañana a las siete de la tarde, con una hora para el almuerzo y una hora y media para la comida.

Una de aquellas tardes de frío, punzante, llegó en su coche tirado por dos caballos el amo de la fábrica, Juan Tarrats hijo. El amo viejo, al que ya se veía poco, era Juan Tarrats padre. A un silbido del cochero se abrió el portón de la fábrica, por el que penetró el coche. El amo debió reprender al portero por permitir que un montoncito de niños estuviésemos casi junto a la puerta, porque el portero, con disgusto, nos gritó que nos fuésemos de allí. La parvada de muchachos salió disparada calle abajo, en dirección al Bassot. Al llegar a la esquina, los contuve:

—Ya no corramos más. ¿Qué os parece si a pedradas rompemos el foco de la puerta y dejamos la calle a oscuras?

Regresamos todos, con aires de comprometidos en una conspiración. Recogimos piedras en la calle sin pavimentar. Sigilosamente nos acercamos a la puerta de la fábrica, miramos a un extremo y otro de la calle y, seguros de la impunidad, cinco bracitos lanzamos piedras al foco. Se oyó un ¡paf!, y se oyó caer una pequeña lluvia de fragmentos de vidrio. Niños todavía, habíamos empezado la guerra social. Y aunque nos lanzamos a correr en todas direcciones, lo hicimos con la agradable sensación de haber ganado la primera batalla en la vida… Porque, al tercer día, volvimos a reunimos junto a la boca de escape de vapores, y el portero no nos gritó ni nos echó.

La muerte de Pedro

Creo que ya había cumplido siete años. Noté una extraña manera de conducirse mi familia. Mi madre parecía más vieja que días antes y a veces se la veía esforzándose por no llorar. Mi padre, serio, muy serio, como siempre, tenía fija la mirada en un punto invisible. A mis hermanas las veía tristes y como más pequeñas, acaso por lo encogidas que andaban. Sí, algo ocurre en la casa. Me siento a disgusto, pero me esfuerzo por no llorar. No quiero que las lágrimas asomen a mis ojos. Se ha ido el médico, el doctor Roig le llamaban. Como en un susurro ha dicho a mis padres:

—Le veo muy mal. Tiene meningitis. En estos casos, uno casi no sabe qué decir, porque los pocos que se salvan se quedan como tontos para toda la vida.

Volvió a las once de la noche, como había prometido, y confirmó que era meningitis. A mí me levantaron muy temprano, para ir a comprar diez céntimos de leche de vaca para el hermanito Pedro, que se estaba muriendo. La aparición de un vaso de leche de vaca en casa de obreros con enfermo en la cama era cosa tan definitiva como el viático. Salí a la calle, todavía con las estrellas en el cielo. Era invierno y el frío cortaba. Yo no comprendía por qué la leche tenía que ser de vaca, por qué había que ir tan lejos a comprarla, cuando dos casas más allá se podía adquirir leche de cabra, recién muñida y más barata. Pero tenía que ser de vaca. En el establo se estaba caliente, con un calorcito blando y suave, que invitaba a tumbarse y dormir. Ya en la calle, me hizo bien la leche recién ordeñada, que llevaba en un vaso de vidrio, porque sentía en las manos el calor que despedía.

Yo no había probado nunca la leche de vaca, porque todavía no había estado enfermo para ser visitado por el médico. La de cabra la había probado el invierno anterior, para ver que se me quitase un fuerte catarro. Tuve la tentación de probar un sorbito de aquella leche. Pero no me atrevía, al pensar que era para curar a Pedro. Y así tres amaneceres en busca de los diez céntimos de leche de vaca. El tercer día no pude resistir la tentación de tomar un sorbito de aquella leche, que aún estaba espumosa. Aquel mismo día murió Pedro. Cuando lo vi metido en su cajita de pino pintada de blanco, sentí que se me encogía el corazón. Por un momento, pensé que se había muerto al notar la falta del sorbito de leche que le había quitado. Tuvo un humilde sepelio en un coche faetón, con el único acompañamiento de mi hermana Elvira y yo, que a pie lo seguimos hasta el cementerio. Al día siguiente volvimos Elvira y yo al cementerio. Ella llevaba en brazos una pesada cruz de hierro fundido. La había comprado en parte con dinero de su hucha y en parte al fiado. Cuando llegamos, eran las cuatro de la tarde.

El cementerio de Reus era enorme, como una gran ciudad de los muertos. A derecha e izquierda, traspuesta la gran entrada interior, imponentes monumentos, bien alineados, señalaban el emplazamiento de las últimas, moradas de los muy ricos. Impresionaba el panteón de mármol blanco, de estilo clásico, de los Odena, dueños de la fábrica el «Vapor Vell». A continuación llamaba la atención el de la familia Quer, de actividades tan diversas como la diplomacia y la vinatería, y que semejaba una pequeña iglesia de piedra labrada en estilo gótico. Y muchos más, exponentes todos de un sentido del lujo llevado hasta la tumba. Llegamos al sitio mi hermana y yo. Era una gran zanja recién abierta, que conservaba todavía la frescura de la tierra removida. Allí, como escalonados, se veían los últimos ataúdes que habían sido depositados. Ataúdes de pobre, de tablas de madera pintada de negro.

Mi hermana Elvira, nuestra segunda madre, arrodillada sobre la tierra al borde de la gran fosa, hacía un agujero con un trozo de hierro que había llevado envuelto en el delantal. Cuando hubo terminado de cavar el hoyo, hincó con fuerza la cruz. Luego fue colocando piedritas en el contorno de un rectángulo de unos 40 por 60 centímetros, como reclamando la pertenencia de aquel pedazo de terreno, que, según la costumbre, le sería respetado. Hasta que por la rotación del tiempo, serían de nuevo abiertas zanjas en el mismo sitio y de nuevo serían colocados los féretros de los pobres formando escaleras. La muerte tiene poca importancia. Pero, ¿por qué solamente tiene poca importancia cuando se trata de la muerte de los trabajadores? Entonces, yo no sabía nada sobre la vida y la muerte. Me pareció que, en los días de lluvia, mi hermanito y los que formaban escalera con él, se mojarían mucho. Y noté que grandes lagrimones salían de mis ojos.

Contabilidad de la miseria

La muerte y el entierro de Pedro provocaron algunos cambios en el seno de la familia. Antes, éramos muy pobres. Después, aún fuimos más pobres. Eramos cinco y sólo trabajaban dos, mi padre y mi hermana Elvira. Para pagar las medicinas, la leche, el médico, el ataúd y la cruz de hierro fundido, tuvimos que empeñarnos. Mi padre se vio forzado a solicitar una entrevista con el viejo Tarrats, dueño del «Vapor Nou», donde trabajaba de albañil y en la que Elvira atendía a una máquina de urdir. Mi padre contó la entrevista en casa, dejándonos boquiabiertos por la hazaña de haberse atrevido a hablar con el «amo», ante quien permaneció de pie y con la gorra en la mano:

—Se me acaba de morir mi hijo Pedro, don Juan. Y hemos tenido muchos gastos. Para los pagos apremiantes, me prestaron, por unos días, el dinero. Pero tengo que devolverlo, y he venido a rogarle me haga un préstamo de cien pesetas, a ir descontando de mi semanal.

—Bien. Te prestaré ese dinero. Pero debes saber que en todas partes el dinero está escaso y es caro. Por tratarse de ti, te prestaré las cien pesetas, pero me devolverás ciento veinte. Te irán descontando cinco pesetas cada semana. ¿Te parece bien?

—Sí, don Juan, me parece bien y le quedo muy agradecido.

Cargados así de enormes deudas, hubo que modificar la organización del hogar. Mi madre volvió a la fábrica como rodetera. Mercedes, que tendría diez años, se encargaría de la casa por la mañana y por la tarde haría menesteres en casa de los ricos. Yo continuaría yendo a la escuela pública. Mis padres soñaban con que yo aprendiese mucho, para poder librarme de trabajar en el «Vapor Nou», que, como el «Vapor Vell», aprisionaba dentro de sus muros a familias enteras de trabajadores.

De toda la familia, yo era el único en saber sumar y restar. Asistía a las clases de una escuela primaria instalada en los altos de un caserón de la calle San Pablo, a cuyo maestro, castellano, llamado don José, habíamos motejado de «mestre panxut». Era buena persona el mestre panxut. Pero le teníamos ojeriza porque sentía mucha afición al empleo de una larga regla de madera, con la que nos daba en la palma de las manos si la falta era leve, o en la punta de los dedos apañados si, a su entender, la falta era grave. En el fondo de todos los alumnos, el motivo de la antipatía provenía de que fuese oriundo de Castilla. Para los niños de entonces, quien no era catalán era forzosamente castellano. Así que, cuando nos había zurrado fuertemente, lo denigrábamos llamándolo mestre panxut o castellá panxut.

A los siete años de edad, me convertí en el contable de la familia. Y nuestra contabilidad no dejaba de ser complicada. En mi casa, desde que yo tenía memoria, se compraba todo de fiado. Para cada cuenta, tenía mi madre una libreta: la del panadero, la de la tienda de comestibles, la del casero y, últimamente, la de don Juan Tarrats por el préstamo de las cien pesetas, que hube de asentar como ciento veinte. La noche del sábado, mi madre recibía el dinero que se había ganado durante la semana: el sueldo del padre, lo ganado por ella y por Elvira y lo que hubiese ganado Mercedes. Y se hacía el recuento, colocando lo cobrado, generalmente en monedas de dos pesetas, en montoncitos de diez monedas. En la tarea de recontar, mi madre era infatigable. Yo tenía ante mí el montoncito de libretas, en las que durante la semana, nuestros acreedores habían ido anotando las cantidades debidas. Y sacaba los totales, más el total de cada total de libreta.

—¿Estás seguro de no haberte equivocado? Repasa otra vez las sumas.

Lo hacía. Ya estaba acostumbrado a las dudas de mi madre. Si las cantidades cobradas cubrían las deudas, mi madre se dirigía a la tienda de comestibles y a la panadería para pagar. Mas si, como ocurría frecuentemente, no alcanzaban para el pago de la cuenta, nos enviaba a Elvira y a mí a efectuar los pagos y a comprar. El panadero ponía mala cara. Seguramente pensaba que deberíamos comer menos pan. Para ponerle freno a la boca, comprábamos el pan el sábado para toda la semana, de forma que se fuese secando. Pan blando, nos habríamos comido toda la canasta en un par de días. ¡Qué delicia comer pan tierno, casi salido del horno! Existían pastelerías en Reus. Pero no eran tiendas para los obreros. Yo las conocía todas por el tiempo que pasé con la nariz pegada a sus escaparates, contemplando los dulces exhibidos.

Quant a rexval

M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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