Picnic en el campo de batalla.

El 17 de julio de 1936 en Melilla se produce el Alzamiento de Franco. El padre de Arrabal era un teniente fiel a la República. Le condenan en primer lugar a muerte pero luego le conmutan la pena por prisión. Durante años estuvo yendo de cárcel en cárcel hasta que finge que estaba loco para que lo trasladarna a un manicomio del que logra huir. Aquí se pierde la pista de su paradero. Su hijo lo estuvo buscando la vida entera, incluso en el famoso programa de Lobatón Quién sabe donde. Pasó tres años en el grupo surrealista de André Breton. Fue juzgado bajo el régimen franquista y encarcelado en 1967 por blasfemia y ultraje a la nación española por una dedicatoria de un libro.

En la actualidad estos supuestos delitos siguen existiendo pero con otros nombres en el postfranquista código penal y son aplicados o no según la ideología del juez que toque. La pena para raperos, cantantes, escritores, humoristas, tuiteros, etc. puede ir desde enormes multas a años de cárcel. En el caso de manifestantes pacíficos se incluye pérdida de ojos con pelota de goma y porrazos brutales y patadas a todo aquel que pase por allí. Esto demuestra que la mal llamada “Transición” fue una “Continuación” franquista con sus soldados fascistas, policías torturadores, jueces prevaricadores, etc. Por eso, 600 militares de alta graduación en la reserva firmaron el escrito fascista en honor de Franco,  y Billy el Niño y Rodolfo Martín Villa, torturador y ministro que lo condecoró están huidos de la justicia internacional (jueza argentina Severini, que logró que Asunción Medieta recuperara los huesos de su padre al mandar abrir la fosa que las autoridades españolas se negaban a abrir en la práctica poniento toda clase de trabas) mientras aquí la panda de fachas hace que los de cobardes miren a otro lado, se caguen encima y cierren los ojos.  No se esperaba otra cosa de él. Quizá no sea más que un traidor camuflado al estilo de Felipe González. Son más PP que PSOE. Si mi abuelo, combatiente socialista republicano, resucitara no encontraría diferencias entre ambos.

La jueza argentina María Servini ha ordenado en diversas ocasiones la detención del exministro Rodolfo Martín Villa para tomarle declaración por los delitos de crímenes contra la humanidad durante la dictadura franquista por los que es investigado y posteriormente, como la muerte de cinco obreros en Vitoria en 1976 entre otros.

Una muestra de su obra. Teatro del absurdo antibelicista. Picnic, Pic-Nic o Picnic en el campo de batalla es una obra escrita por Fernando Arrabal en 1947 y estrenada en 1952. La obra, tal y como lo trata de representar Arrabal, es un claro alegato contra la guerra. En la actualidad se sigue representando en todo el mundo “para evidenciar lo absurdo de la guerra sorda” según Arrabal.

La obra cuenta como un matrimonio decide ir a la guerra a visitar a su hijo, un soldado, y proponerle un picnic en el frente de batalla para celebrar que es domingo. A continuación unos extractos de la obra:

PERSONAJES
ZAPO, soldado
ZEPO, soldado enemigo
SEÑOR TEPÁN, padre de Zapo
SEÑORA TEPÁN, madre de Zapo
DOS CAMILLEROS

La batalla hace furor. Se oyen tiros, bombazos, ráfagas de ametralladora. ZAPO, solo en escena, está acurrucado entre los sacos. Tiene mucho miedo. Cesa el combate. Silencio, ZAPO saca de una cesta de tela una madeja de lana y unas agujas. Se pone a hacer un jersey que ya tiene bastante avanzado. Suena el timbre del teléfono de campaña que ZAPO tiene a su lado.

ZAPO.–Diga… Diga… A sus órdenes mi capitán… En efecto, soy el centinela de la cota 47… Sin novedad, mi capitán… Perdone, mi capitán, ¿cuándo empieza otra vez la batalla?… Y las bombas, ¿cuándo las tiro?… ¿Pero, por fin, hacia dónde las tiro, hacia atrás o hacia adelante?… No se ponga usted así conmigo. No lo digo para molestarle… Capitán, me encuentro muy solo. ¿No podría enviarme un compañero?… Aunque sea la cabra… (El capitán le riñe.) A sus órdenes… A sus órdenes, mi capitán. ( ZAPO cuelga el teléfono. Refunfuña.)

Silencio. Entra en escena el matrimonio TEPÁN con cestas, como si viniera a pasar un día de campo. Se dirigen a su hijo, ZAPO , que, de espaldas y escondido entre los sacos, no ve lo que pasa.

SR. TEPÁN.– (Ceremoniosamente.) Hijo, levántate y besa en la frente a tu madre.
(ZAPO, aliviado y sorprendido, se levanta y besa en la frente a su madre con mucho respeto. Quiere hablar. Su padre lo interrumpe.) Y ahora, bésame a mí. (Lo besa en la frente.)

ZAPO.–Pero papaítos, ¿cómo os habéis atrevido a venir aquí con lo peligroso que es? Iros inmediatamente.

SR. TEPÁN.–¿Acaso quieres dar a tu padre una lección de guerras y peligros? Esto para mí es un pasatiempo. Cuántas veces, sin ir más lejos, me he bajado del Metro en marcha.

SRA. TEPÁN.–Hemos pensado que te aburrirías, por eso te hemos venido a ver. Tanta guerra te tiene que aburrir.

ZAPO.–Eso depende.

SR. TEPÁN.–Muy bien sé yo lo que pasa. Al principio la cosa de la novedad gusta. Eso de matar y de tirar bombas y de llevar casco que hace tan elegante, resulta agradable, pero terminará por fastidiarte. En mi tiempo hubiera pasado otra cosa. Las guerras eran mucho más variadas, tenían color. Y, sobre todo, había caballos, muchos caballos. Daba gusto: que el capitán decía: “al ataque”, ya estábamos allí todos con el caballo y el traje de color rojo. Eso era bonito. Y luego, unas galopadas con la espada en la mano y ya estábamos frente al enemigo, que también estaba a la altura de las circunstancias, con sus caballos – los caballos nunca faltaban, muchos caballos y muy gorditos– y sus botas de charol y sus trajes verdes.

SRA. TEPÁN.–No, no eran verdes los trajes del enemigo, eran azules. Lo recuerdo muy bien, eran azules.

SR. TEPÁN.–Te digo que eran verdes.

SRA. TEPÁN.–No, te repito que eran azules. Cuántas veces, de niñas, no asomábamos al balcón para ver batallas y yo le decía al vecinito: “Te apuesto una chocolatina a que ganan los azules”. Y los azules eran nuestros enemigos.

SR. TEPÁN.–Bueno, para ti la perra gorda.

SRA. TEPÁN.–Yo siempre he sido muy aficionada a las batallas. Cuando niña, siempre decía que sería, de mayor, coronel de caballería. Mi mamá se opuso, ya conoces sus ideas anticuadas.

SR. TEPÁN.–Tu madre siempre tan burra.

ZAPO.–Perdonadme. Os tenéis que marchar. Está prohibido venir a la guerra si no se es soldado.

SR. TEPÁN.–A mí me importa un pito. Nosotros no venimos al frente para hacer la guerra. Sólo queremos pasar un día de campo contigo, aprovechando que es domingo.

SRA. TEPÁN.–Precisamente he preparado una comida muy buena. He hecho una tortilla de patatas que tanto te gusta, unos bocadillos de jamón, vino tinto, ensalada y pasteles.

ZAPO.–Bueno, lo que queráis, pero si viene el capitán, yo diré que no sabía nada. Menudo se va a poner. Con lo que le molesta a él eso de que haya visitas en la guerra. Él nos repite siempre: “En la guerra, disciplina y bombas, pera nada de visitas”.

SR. TEPÁN.–No te preocupes, ya le diré yo un par de cosas a ese capitán.

ZAPO.–¿Y si comienza otra vez la batalla?

SR. TEPÁN.–¿Te piensas que me voy a asustar? En peores me he visto. Y si aún fuera como antes, cuando había batallas con caballos gordos. Los tiempos han cambiado ¿comprendes? (Pausa.) Hemos venido en motocicleta. Nadie nos ha dicho nada.

ZAPO.–Supondrían que erais los árbitros.

SR. TEPÁN.–Lo malo fue que, como había tantos tanques y jeeps, resultaba muy difícil avanzar.

SRA. TEPÁN.–Y luego, al final, acuérdate aquel cañón que hizo un atasco.

SR. TEPÁN.–De las guerras, es bien sabido, se puede esperar todo.

SRA. TEPÁN.–Bueno, vamos a comer.

SR. TEPÁN.–Sí, vamos, que tengo un apetito enorme. A mí, este tufillo de pólvora, me abre el apetito.

SRA. TEPÁN.–Comeremos aquí mismo, sentados sobre la manta.

ZAPO.–¿Como con el fusil?

SRA. TEPÁN.–Nada de fusiles. Es de mala educación sentarse a la mesa con fusil. (Pausa.) Pero qué sucio estás, hijo mío… ¿Cómo te has puesto así? Enséñame las manos.

ZAPO.– (Avergonzado se las muestra.) Me he tenido que arrastrar por el suelo con eso de las maniobras.

SR. TEPÁN.–Qué hijo mío, ¿has matado muchos?

ZAPO.–¿Cuándo?

SR. TEPÁN.–Pues estos días.

ZAPO.–¿Dónde?

SR. TEPÁN.–Pues en esto de la guerra.

ZAPO.–No mucho. He matado poco. Casi nada.

SR. TEPÁN.–¿Qué es lo que has matado más, caballos enemigos o soldados?

ZAPO.–No, caballos no. No hay caballos.

SR. TEPÁN.–¿Y soldados?

ZAPO.–A lo mejor.

SR. TEPÁN.–¿A lo mejor? ¿Es que no estás seguro?

ZAPO.–Sí, es que disparo sin mirar. (Pausa.) . De todas formas, disparo muy poco. Y cada vez que disparo, rezo un Padrenuestro por el tío que he matado.

SR. TEPÁN.–Tienes que tener más valor. Como tu padre.

SRA. TEPÁN.–Voy a poner un disco en el gramófono.

Pone un disco. Los tres, sentados en el suelo, escuchan.

SR. TEPÁN.–Eso es música, sí señor.
Continúa la música. Entra un soldado enemigo:

ZEPO. Viste como ZAPO. Sólo cambia el color del traje.

ZEPO va de verde y ZAPO de gris.

ZEPO , extasiado, oye la música a espaldas de la familia TEPÁN.

Termina el disco. Al ponerse de pie, ZAPO descubre a ZEPO. Ambos ponen manos arriba llenos de terror.

Los esposos TEPÁN los contemplan extrañados. ¿Qué pasa?

ZAPO reacciona. Duda. Por fin, muy decidido, apunta con el fusil a ZEPO.

ZAPO.–¡Manos arriba!

ZEPO levanta aún más las manos, todavía más amedrentado. ZAPO no sabe qué hacer. De pronto va hacia ZEPO y le golpea suavemente en el hombro mientras le dice:
¡Pan y tomate para que no te escapes!

SR. TEPÁN.–Bueno, ¿y ahora qué?

ZAPO.–Pues ya ves, a lo mejor, en premio, me hacen cabo.

SR. TEPÁN.–Átale, no sea que se escape.

ZAPO.–¿Por qué atarle?

SRA. TEPÁN.–Pero, ¿es que aún no sabes que a los prisioneros hay que atarles inmediatamente?

ZAPO.–¿Cómo le ato?

SR. TEPÁN.–Átale las manos.

SRA. TEPÁN.–Sí. Eso sobre todo. Hay que atarle las manos. Siempre he visto que se hace así.

ZAPO.–Bueno. (Al prisionero.) Haga el favor de poner las manos juntas, que le voy a atar.

ZEPO.–No me haga mucho daño.

ZAPO.–No.

ZEPO.–Ay, qué daño me hace…

SR. TEPÁN.–Hijo, no seas burro. No maltrates al prisionero.

SRA. TEPÁN.–¿Eso es lo que yo te he enseñado? ¿Cuántas veces te he repetido que hay que ser bueno con todo el mundo?

ZAPO.–Lo había hecho sin mala intención. (A ZEPO. ) ¿Y así, le hace daño?

ZEPO.–No. Así no.

SR. TEPÁN.–Diga usted la verdad. Con toda confianza. No se avergüence porque estemos delante. Si le molestan, díganoslo y se las ponemos más suavemente.

ZEPO.–Así está bien.

SR. TEPÁN.–Hijo, átale también los pies para que no se escape.

Ruido de aviones.

ZAPO.–Aviones. Seguramente van a bombardearnos.

 ZAPO y ZEPO se esconden, a toda prisa, entre los sacos terreros.
Se impone poco a poco el ruido de los aviones. Inmediatamente empiezan a caer bombas. Explotan cerca, pero ninguna cae en el escenario. Gran estruendo. ZAPO y ZEPO están acurrucados entre los sacos. El SR. TEPÁN habla tranquilamente con su esposa. Ella le responde en un tono también muy tranquilo. No se oye su diálogo a causa del bombardeo. La SRA. TEPÁN se dirige a una de las cestas y saca un paraguas. Lo abre. Los TEPÁN se cubren con el paraguas como si estuviera lloviendo. Están de pie. Parecen mecerse con una cadencia tranquila apoyándose alternativamente en uno y otro pie mientras hablan de sus cosas. Continúa el bombardeo. Los aviones se van alejando. Silencio. El SR. TEPÁN extiende un brazo y lo saca del paraguas para asegurarse de que ya no cae nada del cielo.

SR. TEPÁN.– (A su mujer.) Puedes cerrar ya el paraguas. La SRA. TEPÁN lo hace. Ambos se acercan a su hijo y le dan unos golpecitos en el culo con el paraguas. Ya podéis salir. El bombardeo ha terminado.

ZAPO y ZEPO salen de su escondite.

ZAPO.–¿No os ha pasado nada?

SR. TEPÁN.–¿Qué querías que le pasara a tu padre? (Con orgullo.) Bombitas a mí…

Entra, por la izquierda, una pareja de soldados de la Cruz Roja. Llevan una camilla.

PRIMER CAMILLERO.–¿Hay muertos?

ZAPO.–No. Aquí no.

PRIMER CAMILLERO.–¿Está seguro de haber mirado bien?

ZAPO.–Seguro.

PRIMER CAMILLERO.–¿Y no hay ni un solo muerto?

ZAPO.–Ya le digo que no.

PRIMER CAMILLERO.–¿Ni siquiera un herido?

ZAPO.–No. CAMILLERO SEGUNDO.–¡Pues estamos apañados! (A ZAPO , con un tono persuasivo.) Mire bien por todas partes a ver si encuentra un fiambre.

PRIMER CAMILLERO.–No insistas. Ya te han dicho que no hay.

CAMILLERO SEGUNDO.–¡Vaya jugada!

ZAPO.–Lo siento muchísimo. Les aseguro que no lo he hecho aposta.

PRIMER CAMILLERO.–Venga, hombre, no molestes al caballero.

SR. TEPÁN.– (Servicial.) Si podemos ayudarle lo haremos con gusto. Estamos a sus órdenes.

CAMILLERO SEGUNDO.–Bueno, pues si seguimos así ya verás lo que nos va a decir el capitán.

SR. TEPÁN.–¿Pero qué pasa?

PRIMER CAMILLERO.–Sencillamente, que los demás tienen ya las muñecas rotas a fuerza de transportar cadáveres y heridos y nosotros todavía sin encontrar nada. Y no será porque no hemos buscado…

SR. TEPÁN.–Desde luego que es un problema. (A ZAPO. ) ¿Estás seguro de que no hay ningún muerto?

ZAPO.–Pues claro que estoy seguro, papá.

SR. TEPÁN.–¿Has mirado bien debajo de los sacos?

ZAPO.–Sí, papá.

SR. TEPÁN.– (Muy disgustado.) Lo que te pasa a ti es que no quieres ayudar a estos señores. Con lo agradables que son. ¿No te da vergüenza?

PRIMER CAMILLERO.–No se ponga usted así, hombre. Déjelo tranquilo. Esperemos tener más suerte y que en otra trinchera hayan muerto todos.

SR. TEPÁN.–No sabe cómo me gustaría.

SRA. TEPÁN.–A mí también me encantaría. No puede imaginar cómo aprecio a la gente que ama su trabajo.

SR. TEPÁN.– (Indignado, a todos.) Entonces, ¿qué? ¿Hacemos algo o no por estos señores?

ZAPO.–Si de mí dependiera, ya estaría hecho.

ZEPO.–Lo mismo digo.

SR. TEPÁN.–Pero, vamos a ver, ¿ninguno de los dos está ni siquiera herido?

ZAPO.– (Avergonzado.) No, yo no.

SR. TEPÁN.– (A ZEPO. ) ¿Y usted? ZEPO.– (Avergonzado.) Yo tampoco. Nunca he tenido suerte…

SRA. TEPÁN.– (Contenta.) ¡Ahora que me acuerdo! Esta mañana al pelar las cebollas me di un corte en el dedo. ¿Qué les parece?

SR. TEPÁN.–¡Perfecto! (Entusiasmado.) En seguida te llevan.

PRIMER CAMILLERO.–No. Las señoras no cuentan.

SR. TEPÁN.–Pues estamos en lo mismo.

PRIMER CAMILLERO.–No importa.

CAMILLERO SEGUNDO.–A ver si nos desquitamos en las otras trincheras.

SRA. TEPÁN.–¿Qué os parece si para celebrarlo bailamos un pasodoble?

ZEPO.–Muy bien.

ZAPO.–Sí, pon el disco, mamá.

La SRA. TEPÁN pone un disco. Expectación. No se oye nada.

SRA. TEPÁN.– (Va al gramófono.) ¡Ah!, es que me había confundido. En vez de poner un disco, había puesto una boina.

Pone el disco. Suena un pasodoble. Bailan, llenos de alegría, ZAPO con ZEPO y la SRA. TEPÁN con su marido. Suena el teléfono de campaña. Ninguno de los cuatro lo oye. Siguen, muy animados, bailando. El teléfono suena otra vez. Continúa el baile. Comienza de nuevo la batalla con gran ruido de bombazos, tiro y ametralladoras. Ellos no se dan cuenta de nada y continúan bailando alegremente. Una ráfaga de ametralladora los siega a los cuatro. Caen al suelo, muertos. Sin duda una bala ha rozado el gramófono: el disco repite y repite, sin salir del mismo surco. Se oye durante un rato el disco rayado, que continuará hasta el final de la obra. Entran, por la izquierda, los dos camilleros. Llevan una camilla vacía. Inmediatamente cae el

TELÓN

 

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Quant a rexval

M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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