Iglesia, Fascismo y Represión (2). Curas que matan.

Sacerdotes españoles armados alrededor de una batería.

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La Iglesia católica española, que había vivido la llegada de la República como una auténtica desgracia, se apresuró a apoyar la sublevación militar de julio de 1936. No lo dudó. Estaba donde tenía que estar, frente a la anarquía, el socialismo y la República laica. Y todos sus representantes, excepto unos pocos que no compartían ese ardor guerrero, ofrecieron sus manos y su bendición a la política de exterminio inaugurada por los militares rebeldes. Tras casi tres años de guerra, el plebiscito armado que decían los obispos acabó el 1 de abril de 1939 con la victoria incondicional del Ejército de Franco. La Iglesia y el enviado de Dios hecho Caudillo caminaron asidos de la mano durante casi cuatro décadas.

 

En estos aciagos días en los que la memoria y el testimonio de verdad y justicia sufren tantos embates por parte de aquellos interesados en seguir perpetuando la desigualdad y la mentira, la Iglesia Católica continúa, veladamente unas veces y a los cuatro vientos otras, con su rearme moral e ideológico y prosigue su particular cruzada en favor de la recuperación de su propia memoria histórica.

La sacrosanta Institución, históricamente experta en moldear el presente, ajustándolo a sus intereses y necesidades –aún a costa del sufrimiento y la opresión de decenas de generaciones humanas de desposeídos– siempre se ha caracterizado por reinventar a la manera del Gran Hermano orwelliano su propio pasado y el de sus adversarios, acomodándolo a su conveniencia, recreándolo y maquillándolo, suprimiendo del recuerdo y de los textos coetáneos sus manifiestos errores y fabulando y mistificando hagiográficamente su panegírico de aparentes virtudes, supuestamente heroicas, sacras e inspiradas por el Espíritu Santo.

En línea con este mecanismo recreador de un pasado inexistente, la Iglesia Católica española ha ocultado del conocimiento histórico e historicista de su responsabilidad directa en la mayor parte de las guerras, matanzas, calamidades e injusticias sufridas por la humanidad en los últimos 20 siglos. Y particularmente en nuestro país, así lo ha hecho –y aún lo hace– cubriendo con un manto de espeso silencio el oprobioso papel histórico que desempeñó haciendo frente a los ideales de libertad inspirados en la Revolución francesa, al constitucionalismo de 1812, al liberalismo de 1820, al tímido parlamentarismo isabelino, al republicanismo de La Gloriosa y al igualitarismo de finales del XIX y de todo el XX. La católica inspiración del motín de Esquilache y de los 100.000 Hijos de San Luis, las fanáticas conspiraciones involucionistas de las que el cura Jerónimo Merino fue uno de sus máximos exponentes, los desvaríos regicidas del otro cura Merino (Martín), o las intrigas palaciegas del Padre Claret y de la Monja de las Llagas, fueron sólo hechos puramente anecdóticos que permitieron a la plebe y la burguesía del Diecinueve apreciar y comenzar a rechazar la poderosa influencia de una Iglesia retrograda e inmovilista en la vida política y social de España.

Este papel reaccionario autoadjudicado para sí misma por la Jerarquía episcopal patria, se mantuvo y agudizó durante el desarrollo del obrerismo en los treinta primeros años del XX. Herida en su propia alma, viendo amenazados sus privilegios y su holgada posición de poder e influencia y en peligro su cuenta de resultados y su ingente inventario inmobiliario, la Curia y los pastores parroquiales de la Iglesia católica española satanizaron y persiguieron desde el púlpito y desde los medios de comunicación y la clase política reaccionaria en los que tenía influencia, a los individuos y partidos que durante los últimos 200 años defendieron la consecución real de la igualdad, la difusión de la educación y la cultura, el legítimo espíritu de laicismo y secularización de la vida pública y de la enseñanza, la universalización de los derechos políticos y, en suma, la equidad en la distribución de la riqueza y de los excedentes asimétricamente acumulados en manos de unos pocos.

Por ello, el mismo 14 de abril de 1931 no sorprendió a nadie que el Cardenal Primado, los Obispos y los párrocos se alzaran fulgurantemente y con verbo pavorosamente encendido contra la II República, una vez proclamada ésta tras la huída y abdicación de Alfonso XIII, aún para la Iglesia “Rey por la gracia de Dios.” “Sois ministros de un Rey que no puede ser destronado, que no subió al trono por votos de los hombres, sino por derecho propio, por título de herencia y de conquista” (Manuel Irurita, obispo de Barcelona). Interpretaba la Iglesia este republicanismo exultante como un intolerable sacrilegio, anatema del que no se libraban los partidos progresistas y colectivistas. Y ya en mayo del 31, el Cardenal Primado Segura publicó una agresiva pastoral sobre la conducta hostil que los católicos debían seguir ante el nuevo Régimen democrático y progresista, marcando así la pauta beligerante que habría de mantener la Iglesia hasta el tan ansiado por ella aniquilamiento final de la Segunda República y el exterminio de sus dirigentes, defensores y simpatizantes, una vez triunfante el sanguinario golpe de estado fascista del 17 de julio de 1936.

Tras los 40 años de terrible dictadura durante los que la Iglesia se convirtió en la principal institución beneficiaria de las injusticias y de la opresión a la que involuntariamente fue sometida su grey, retomó con brío su supuesto papel de víctima de la Guerra Civil y tremola con fruición el macabro martirologio, aprestándose para la nueva batalla con viejos embustes. Pero éstos quedan vacíos y hueros cuando es la propia Iglesia la que habla reveladoramente de su propia crueldad y vesania. Así pudo leerse en la entrada anterior y también en los siguientes textos, selecto florilegio de actitudes, hechos, disparates y barbaridades cometidos por nuestra racial y española Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Veamos algunos de ellos:

 

Sacerdotes españoles en un plaza de toros realizando instrucción militar.

El sacerdote Alejandro Martíne, le contó a Ronald Fraser para su historia oral de la guerra civil que «fue a partir de aquel día [14 de abril de 1931] cuando comprendí que nada se conseguiría por medios legales, que para salvarnos tendríamos que sublevarnos antes o después.»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

“Por la sastrería eclesiástica de Benito Santesteban en Navarra, pasó a comienzos del verano de 1936, días antes del «glorioso movimiento nacional», el obispo de Zamora Manuel Arce Ochotorena, quien al despedirse de Santesteban le dijo: «Bueno, si en lugar de sotanas me envías fusiles ¡mejor que mejor! Ya me entiendes.»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

Desde un camión militar, monjas hacen el saludo fascista a un grupo de mujeres falangistas con motivo de la entrada en Madrid de las tropas franquistas el 30 de marzo de 1939.

 

“Muchos seminaristas y curas fueron los primeros en enrolarse. Animaban al personal a que hicieran lo mismo. Tocaban las campanas buscando gente por los pueblos y colaboraban en el reclutamiento. Era frecuente ver, en esos primeros días, curas y religiosos «con su fusil también al hombro, su pistola y su cartuchera sobre la negra sotana», según la descripción de Marino Ayerra…. …Lo más normal en Navarra, sin embargo, es que los curas se alistaran en el requeté, donde, según Juan de Iturralde, «figuraban capellanes en número tan crecido que se estorbaban unos a otros». Los mozos, con los curas al lado, se confesaban y comulgaban antes de despedirse de los suyos, como si fueran a las cruzadas. Hileras enteras de requetés confesados y arengados por clérigos.”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

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Sin ser españolas ni en España, esta imagen realizada en los Estados Unidos de América ilustraría y evocaría la beligerancia de la Iglesia Católica española. Origen incierto de la imagen (probablemente, Archivo Corbis).

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Ramón Palacios García, párroco de la localidad burgalesa de Hormaza, quien se había «ofrecido» desde el mismo día de la sublevación a Falange Española «y en su doble calidad de soldado y ministro del Señor, acudió después allí donde el deber le llamaba», al frente de guerra. Cayó herido «alabando a Dios y vitoreando a España por brindarle Aquél la ocasión de derramar la sangre por su Patria». Según la crónica del Diario de Burgos del 18 de agosto, ese belicoso sacerdote se había incorporado a la «innumerable falange de mártires de la cruzada»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

Sin ser españolas ni en España, esta imagen realizada en los Estados Unidos de América ilustraría y evocaría la beligerancia de la Iglesia Católica española. Origen incierto de la imagen (probablemente, Archivo Corbis).

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“Fueron legión los capellanes enrolados con los carlistas y los falangistas en aquel verano de 1936. La cosa llegó hasta tal extremo que, unos meses después, en las diócesis de Avila y Burgos les tuvieron que llamar la atención por su desmedida disposición al sacrificio“. El ardor guerrero de esa legión de religiosos no tenía freno. Los padres superiores hablaban «con el corazón suelto», en expresión de Juan de Iturralde, incitando a otros a que actuaran igual, castigando y deportando a los pocos pusilánimes que no daban un paso al frente en esa empresa de limpieza y exterminio. Abnegación, disciplina, obediencia, sumisión a la jerarquía (…) Había que militarizarse, escribía el jesuita Francisco Peiró. Pero una «militarización interior», que no se conformase con «ponerse la camisa azul y tomar parte en un desfile». Era una retórica cargada de patriotismo exaltado, de «Dios lo quiere y la Patria lo demanda», de fervoroso apoyo a una «nueva reconquista nacional que está tiñendo con arreboles de sangre la alborada de la España nueva». (…) España, escribía el benedictino Federico Armas en Ecos de Valvanera”, la revista del santuario riojano de ese nombre, «debe ser católica, entera, grande, libre; debe ser una en fe, una en geografía, una en historia, una en imperio». Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

La Cruz, símbolo de la paz, abandera sin embargo esta columna requeté de carlistas que marchan por pueblos, ciudades y frentes asesinando a sus semejantes.

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“En Miranda de Ebro, Félix Padín recuerda que había un cura, que era de Santander, que se había pasado a los nacionales (…) “pensábamos que era preso también como nosotros y no, resulta que era un cura que se había pasado de los rojos, como decían ellos, a los nacionales, y estaba aquí pues de cura se conoce, y yo lo he visto por aquí estando formados … con un látigo de esos de los negreros, así debajo el brazo. Nunca le vi usarlo, pero las palabras de él eran éstas: “lo mejor para éstos es pegarles cuatro tiros y tirarlos al Bayas, así no sabe nadie dónde están”. Javier Rodrigo, en su obra “Cautivos”, Editorial Crítica.

“Dios, Patria y Rey” era el lema de los carlistas alzados contra el Gobierno legal republicano. Confesaban sus pecados y comulgaban antes del combate, para –con la bendición de sus capellanes– seguir cometiendo las mismas faltas, atrocidades y delitos cinco minutos después. Había que esparcir la semilla de la muerte por toda España.

“En Alsasua, según el testimonio del entonces párroco Marino Ayerra, los capuchinos «estaban como fuera de sí, poseídos de la exaltación de la hora mesiánica». «Hemos hablado con los requetés», declaraba el padre jesuíta Huidobro, capellán de la Legión, «que lo llenan todo de religioso idealismo, patria y hasta elegancia (…) ¡Cómo hablan de la muerte!… Este espectáculo de un pueblo que sólo sabe rezar y luchar es algo tan grande…». Y fray Justo Pérez de Urbel escribía: «¡Qué estallido de entusiasmo! ¡Qué desprecio a la muerte!”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

       El capellán, con uniforme militar, bendice antes de cada combate a las tropas golpistas de requetés que han de seguir cometiendo delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra contra los leales al gobierno republicano.

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“Un fraile cordobés le dijo al cura del cementerio de San Rafael que setenta y seis asesinatos en una noche eran pocos: «setecientos deberían ser». Por muchos «culpables e impíos» que mataran, decía un cura de la localidad gaditana de Rota, aún quedarían más: «A todos los descubriremos; todos llevarán su merecido; no se escapará nadie; entendedlo bien ¡NADIE! Hay que limpiar más a fondo y hasta el fin toda la podredumbre que Rusia ha introducido en este pueblo.» Que purgaran sus culpas, el «haber infiltrado en el pueblo el veneno del marxismo alejándolo de Dios», cuenta Antonio Bahamonde que gritaba enardecido ese cura en los sermones.

Y otro cura, Juan Galán, de Zafra, capellán de la Once Bandera, Segundo Tercio de la Legión, se jactaba, mostrando su «pistolita», de que llevaba «quitados de en medio más de cien marxistas». Sermones como los de los curas de Zafra y Rota los escuchó Dionisio Ridruejo, jefe de la Falange en Segovia, a un sacerdote de la catedral de esa ciudad castellana: «La patria debe ser renovada, toda la mala hierba arrancada, toda la mala semilla extirpada… No es este momento para escrúpulos…»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

En la Plaza de Cataluña de Barcelona, sacerdotes y obispos celebran junto al general Yagüe –en primer plano– y a sus tropas criminales golpistas un Tedeum y misa de acción de gracias por haber llegado a la capital condal, el 20 de febrero de 1939. En el camino, han dejado un reguero de muerte y destrucción. Origen incierto de la imagen (muy probablemente, Archivo Corbis).

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Las brigadas de exterminio de los falangistas, en las que solían encontrarse empotrados los capellanes, actuaban salvajemente y con la conciencia tranquila pues se sabían gozosos de indulgencia y santificados en sus criminales acciones: «Todos tienen oportunidad de confesarse antes de morir y, por lo tanto, pueden ir al cielo…»”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

El arzobispo de Santiago, monseñor Muñiz de Pablos, se une al saludo fascista de Franco, junto a la esposa de éste, Carmen Polo.

“Desde Navarra, el cura Antonio Ona partió al frente donde “anduvo luciendo pistola y uniforme de campaña“. Al poco tiempo fue nombrado canónigo de Pamplona y en 1956 ascendió a Obispo de Mondoñedo. También llegó a obispo, en este caso de Bilbao, Antonio Añoveros , que se limitó a esta labor de confesor en la matanza de las Bardenas, según relata Galo Vierge en su obra “Los culpables”. Otros textos también dedican un espacio a las actuaciones del luego cura de Obanos, Santos Beguiristáin, en Azagra. En el libro de Altayfalla se relata su participación activa en la lucha contra los vecinos republicanos y su afición a elaborar listas . Los fusilados  los catalogaba como “muertos por el peso de la justicia“”. Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.


Fuente: todoslosrostros

Muy recomendable el libro del que se han tomados la mayoría de las citas:

Julián Casanova, en “La Iglesia de Franco”, Edit. Temas de Hoy, Colección Historia.

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Quant a rexval

M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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6 respostes a Iglesia, Fascismo y Represión (2). Curas que matan.

  1. Manel Artero ha dit:

    Una de les dues cualitats que defineixen a l’espanyol. La primera es la enveja, sempre amb la intenció de destruir a l’envejat. L’altra es aques fonamentalisme ultracatòlic basat en la altísima ignorància dels individuus.
    Mare de deu quina temor que fan…

    Per cert, gran article.

    Salutacions,
    Manel.

    • rexval ha dit:

      Gràcies per opinar. M’agrada buscar info per ací i per allà. El fonamentalisme religiós és el pitjor perquè si mors matant vas al cel. El cristià ja està controlat, però l’islàmic o el jueu, no; i fan molt de mal.

  2. Manel Artero ha dit:

    Reblogged this on El Día a Diario and commented:
    Si la primer cualidad que define al español es la Envidia, entendida siempre con el ánimo de destruir al envidiado, le sigue esta: el fundamentalismo ultracatólico que infecta a grandes masas de ignorancia y estupidez.

    ¡Virgen santa qué miedo dan!

  3. Retroenllaç: Iglesia, fascismo y represión (I). Curas armados. | EL CAVALLER DEL CIGNE ciutadà valencià de nació catalana //*//

  4. Retroenllaç: La iglesia de Franco. Mártires de la Cruzada. | EL CAVALLER DEL CIGNE ciutadà valencià de nació catalana //*//

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