“Je m’appelle Jean, et toi?” Relato antibelicista. Lluís Llach bilingüe.

trinxeres Trinchera en la I Guerra Mundial.

La misèria esdevingué poeta / La miseria se hizo poeta
i escrigué en els camps / y escribió en los campos
en forma de trinxeres, / en formas de trincheras,
i els homes anaren cap a elles. / y los hombres fueron hacia ellas
Cadascú fou un mot / Cada uno fue una palabra
del victoriós poema. / del victorioso poema.

(Campanades a morts. Ll. Llach)

En las guerras no hay nada de noble ni heroico. Los combatientes que se cagan y se mean literalmente de miedo mezclándose estos fluidos con la sangre derramada a raudales. En las guerras surge lo peor que llevamos todos dentro, nuestro demonio, y mientras unos violan mujeres otros descuartizan niños indefensos. A los prisioneros se les mata tras una larga tortura en la que se cortan dedos, lengua o pene para ponerlos en la boca de las cabezas decapitadas de los que fueron derrotados. Cuando en medio del combate uno pierde la cabeza se lanza a bayoneta calada sobre el enemigo y, si sobrevive, será condecorado por Dios y por la Patria. Si muere, su ataúd será cubierto por un trapo al que llaman bandera y recibirá reconocimiento y condecoraciones a título póstumo ante la mirada llorona de sus familiares y la cara de asesinos en potencia de sus compañeros de armas.

¿Hasta cuándo? Siempre habrá guerras; llevamos miles de años con ellas. Hoy son necesarias para la supervivencia de una de las industrias más importantes: la del armamento. Sin guerra no hay negocio, y de eso se trata. Todas las guerras tienen una base económica: petróleo, carbón, hierro, fosfatos, mijo… Seguimos matándonos y destrozando el planeta por las materias primas. Hay ministros de Defensa – término muy orwelliano – que son traficantes de armas, el negocio tiene sus cubiles de traje corbata en paraísos fiscales mientras obligan a los niños a ser soldados drogados capaces de las mayores atrocidades. A los oficiales de los desfiles militares les debería explotar una granada en su corbatita. John Lennon en Imagine canta a un mundo sin religión ni fronteras, nada por lo que matar ni morir. Según dicen, un perturbado lo asesinó. Vete a saber si era o no un fan perturbado, lo cierto es que era un extremista de derechas y Lennon todo lo contrario.

En todos los países sucede lo mismo. La riqueza pertenece a una minoría de privilegiados que explotan a la clase trabajadora que apenas tiene para sobrevivir. Eso sucedía en Alemania a principios del siglo XX. Cerca del Rin había importantes yacimientos de carbón y hierro imprescindibles para la industria siderúrgica y la fabricación de armas. La clases dominantes del país vecino, Francia, anhelaban ese mineral y mentían para engañar a la opinión pública a través de su prensa para hacerla favorable al conflicto bélico. Sus hijos eran la moneda de cambio solo para hacer negocio. A esto se le llama capitalismo. Las guerras son el capitalismo más salvaje, su origen y su consecuencia. Antes también hubo conflictos armados y los móviles fueron los mismos: la riqueza y el poder. La justificación siempre fue idéntica: la religión y sus falsedades, el fanatismo y la vida eterna en el Paraíso si morías matando.

**********

Negros nubarrones de guerra amenazaban el futuro de unos estudiantes alemanes de instituto. Su profesor tutor era un extremista belicista que instilaba el odio entre sus pupilos haciéndoles creer que los franceses – aunque fueran estudiantes como ellos – eran unos salvajes que iban a matar a sus madres y a violar a sus hermanas. “Antes morir que ser mancillados”, les decía el que preparaba sus mentes para la matanza. Por su parte, los grandes terratenientes e industriales alemanes pretendían anexionarse territorios más allá del Rin, el rio que servía de frontera. Para humillarlos, debían conquistar París, ciudad donde el estado jacobino francés concentraba todo su poder, para resarcirse de humillaciones anteriores. El honor de la Patria estaba por encima de la vida de los ciudadanos.

Decía el profesor alemán que no había honor más grande que morir por la sagrada patria alemana, que quien muere por ella es inmortal. Cantaban himnos patrióticos y seguía envenenando la mente de los chicos que deseaban alistarse voluntarios nada más empezase la contienda. Vestían de uniforme y eran vitoreados en la calle, Sus familias sentían un orgullo patriótico indescriptible. “¡Muerte a los franchutes!” se podían escuchar por doquier. “¡Viva Alemania!” se repetía sin cesar tanto como el himno:”¡Alemania, Alemania sobre todo…! », (“!Deutschland, Deutschland über alles…!»).

Por fin, estalló el conflicto. Los chicos del instituto francés cavaban trincheras aunque daba la impresión de que lo que cavaban eran sus propias tumbas. A unos cuantos metros más allá, los alemanes hacían lo propio. Es terrorífico salir de tu trinchera a todo correr hacia enemigo bajos el fuegos incesante de las ametralladores. Pero eso, que es lo que les esperaba, aún no lo habían vivido, ni siquiera lo sospechaban porque estas cosas no las contaba el tan patriótico profesor que consigió que todos sus alumnos se alistaran voluntarios a pesar de su juventud.

Durante la primera noche no hubo actividad bélica. Los soldados de ambos bandos aprovecharon para escribir cartas a las madres, las novias o algún amigo que pronto les seguiría. La mayoría de las cartas quedarían volatilizados por algún explosivo que acabaría con el escrito y su autor. La mortandad en las trincheras era muy alta. Los generales estaban tan lejos y seguros que había que utilizar la radio o el teléfono para contactar con ellos. Eran viejos carroñeros de uniforme atravesado por un sinfín de medallas.

Primero llegaron los aviones alemanes con sus ametralladoras y sus bombas. Se encarnizaron sobre las trincheras francesas. Poco después, los aviones franceses hicieron lo mismo mientras se atacaban los unos a los otros. Por fin un descanso. Había un muchacho alemán medio poeta y dibujante. A su derecha, un compañero herido estaba muriendo. Trató de decirle algo pero de su boca tan solo salió sangre, mucha sangre. Esta fue la primea vez que Wieland veía morir a alguien. Le hizo un dibujo con la cara sonriente que solía mostrar. Lo conocía desde la niñez. Con él fumó su primer cigarrillo y salieron con unas chicas de su edad del instituto femenino. Aunque en la mente del chico alemán de eso hacía mucho tiempo, realmente tan solo hacía un año y medio.

Pasaron los meses. La guerra era tan cruda como siempre o más. Todos los compañeros de Wieland habían muerto menos él. El número de bajas era espectacular y las trincheras tan solo se habían movido unos metros.

Una noche bombardearon los franceses. El chico alemán sabía que lo mejor que podía hacerse era esconderse en el cráter de una explosión ya que era muy difícil acertar dos veces el mismo objetivo. Wieland salto a una de estas oquedades, pero no estaba solo. Sin pensarlo dos veces clavó su bayoneta sobre un uniforme francés. El herido se dio la vuelta. Era un chico de la edad de su edad. Hablaba algo de alemán. Sacó la cartera donde figuraba su documentación y unas fotos. ¡Dios mío! Sus padres podrían ser los suyos y sus hermanos eran de edad parecida. Había una foto aparte: “Es Marie, mi novia”. Wieland se estremeció. “Por favor, escribe a mis padres y envíales las fotos. Diles que los quiero mucho y…” De repente murió. El alemán no pudo evitar abrazarlo y llorar arrepentido de los que había hecho. Casi se vuelve loco hasta que comprendió que lo que hizo le salvó la vida, que si el chico francés hubiera podido le hubiera clavado su bayoneta antes, que no mataban personas sino uniformes. Aún así, a Wieland le dio una crisis nerviosa y se revolvía como un animal. Afortunadamente, fue visto por unos paisanos que avisaron a los camilleros. Le dieron un permiso de unas semanas fuera del frente para que se recupera.

Ya en su ciudad regresó a casa y estuvo durmiendo varios días debido a su agotamiento nervioso. Decidió ir al instituto. Entró en su antigua clase. El profesor era el mismo pero los corderos eran otros. “Mirad, un héroe de la patria”, dijo el profesor. Con total frialdad dijo: “Todos los compañeros de clase han muerto en combate. Solo quedo yo. Malditas sean todas las guerras.” Y se fue sin mirar siquiera la cara de quien preparaba más chicos para ser sacrificados como animales.

Pasado el permiso, fue de nuevo al frente. Ahora era un experto. Sabía protegerse mejor. Tras unas horas de intenso tiroteo vino la calma, la que antecede a la muerte. Sacó un papel en la trinchera y se puso a dibujar; de repente un pajarillo muy hermoso se colocó a su izquierda, levantó la cabeza para verlo mejor y sonó un disparo. El dibujo se tiñó de rojo mientras el chico alemán evocó al francés que mató y cuyas cartas había enviado. En su sueño postrero le pareció oír: “Je m’appelle Jean, et toi?”

Regí


Venim del nord,
venim del sud,
de terra endins,
de mar enllà,
i no creiem en les fronteres
si darrera hi ha un company
amb les seves mans esteses
a un pervindre alliberat.
I caminem per poder ser
i volem ser per caminar.

Venim del nord,
venim del sud,
de terra endins,
de mar enllà,
i no ens mena cap bandera
que no es digui llibertat,
la llibertat de vida plena
que és llibertat dels meus companys.
I volem ser per caminar
i caminar per poder ser.

Venim del nord,
venim del sud,
de terra endins,
de mar enllà,
i no sabem himnes triomfals
ni marcar el pas del vencedor,
que si la lluita és sagnant
serà amb vergonya de la sang.
I caminem per poder ser
i volem ser per caminar.

Venim del nord,
venim del sud,
de terra endins,
de mar enllà,
seran inútils les cadenes
d’un poder sempre esclavitzant,
quan és la vida mateixa
que ens obliga a cada pas.
I caminem per poder ser
i volem ser per caminar

Venimos del norte,
venimos del sur,
de tierra adentro,
de allende el mar
y no creemos en las fronteras
si detrás hay un compañero
con sus manos extendidas
a un porvenir liberado.
Y caminamos para poder ser
y queremos ser para caminar.

Venimos del norte,
venimos del sur,
de tierra adentro,
de allende el mar
y no nos guía ninguna bandera
no se llame libertad,
la libertad de vida plena
que es libertad de mis compañeros.
Y queremos ser para caminar
y caminar para poder ser.

Venimos del norte,
venimos del sur,
de tierra adentro,
de allende el mar
y no sabemos himnos triunfales
ni marcar el paso del vencedor,
que si la lucha es sangrienta
será con vergüenza de la sangre.
Y caminamos para poder ser
y queremos ser para caminar.

Venimos del norte,
venimos del sur,
de tierra adentro,
de allende el mar
serán inútiles las cadenas
de un poder siempre esclavizante,
cuando es la vida misma
que nos obliga a cada paso.
Y caminamos para poder ser
y queremos ser para caminar


Campanades a morts. Final. Orfeó Català.

En 1982 estava jo fent la puta mili a Còrdova. Cada divendres m’arribava la premsa valenciana que m’enviava mon pare. Vaig llegir que precisament eixe diumenge cantava Lluís Llach, Campanades a morts, en la plaça de bous de Castelló amb la Banda Municipal de Castelló i cor. Jo tenia unes ganes d’anar-hi  tremendes. De sobte el caporal furriel em diu que havien arrestat un que se n’anava i que si m’afanyava podria anar-me’n jo. I així va ser. Amb una plaça plena de gom a gom, el meu amic Paco i jo vam gaudir d’un dels millors concerts de la nostra vida. Mai no l’oblidaré. Llach va fer de baríton.

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Quant a rexval

M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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