Klein y Wagner. Hermann Hesse (1920).

Hermann_Hesse_2Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura 1946.

Hermann Hesse, como antes Schopenhauer, dio a conocer las filosofía y religiones orientales, como el budismo, en Occidente. Viajó en 1911 a la India y otros países de la zona incluyento el Lejano Oriente. Siddhartha, que recoge ideas budistas, es su principal obra junto a El lobo estepario enemigo del rebaño en el que el Estado y la Iglesia nos quieren meter. Recuerda la postura de Nietzsche en este tema.

Junto con Alma de niño y El último verano de Klingsor, Klein y Wagner forman parte de la trilogía de relatos cortos La ruta Interior. Podemos ver alusiones wagnerianas en dos de ellos ya que Klingsor es el malvado mago que aparece en la postrera obra de Wagner Parsifal. La angustia, el amor y la muerte,  constituyen la temática fundamental de Hesse como podemos ver en esta trilogía. En el relato que da título al libro el pintor Klingsor sólo tiene cuarenta y dos años, pero siente que no conseguirá mantener encendida por mucho tiempo la llama de su existencia, demasiado llena, demasiado apasionada, vivida con demasiada intensidad para que pueda durar

En El último verano de Klingsor Hesse nos describe los últimos meses de la vida del pintor Klingsor, meses llenos de deseos de vivir y de obsesión por el trabajo y en los que plantea el presentimiento de la muerte próxima.

Alma de niño (Alma infantil) es el magistral análisis del comportamiento y los estados de ánimo de un muchacho que comete un insignificante hurto en su propia casa y se angustia pensando en las consecuencias de lo que ha hecho.

Klein y Wagner es la historia de un empleado que se convierte en delincuente y rompe con su vida anterior completa e irrevocablemente. Veamos unos extractos de este cuento en los que se cita a Wagner refiriéndose a personas diferentes e, incluso, a un teatro. En esta obra, Hermann Hesse nos conduce por los entrincados escondrijos de una alma atormentada por la angustia, la desolación, el sentimiento de culpa y el miedo.

Es impactante la manera en la que sutilmente nos arrastra por esos inaccesibles senderos del dolor, de la negación de sí mismo, del descubrirse malo y profano y, al mismo tiempo – por la naturaleza del Dios que palpita dentro de nosotros – noble y divino.


FRIEDRICH KLEIN se quedó completamente ensimismado en el tren, después de los rápidos acontecimientos y la excitación de la huida y del paso de la frontera; tras un torbellino de tensiones y de incidentes, de emociones y peligros. Estaba aún profundamente asombrado de que todo hubiera ido bien. El tren corría con extraño ajetreo hacia el Sur — ahora ya no tenía prisa — ; arrastraba velozmente a los pocos viajeros por lagos, montes, cascadas y otras maravillas naturales, a través de ensordecedores túneles y sobre puentes que se balanceaban suavemente. (…)

Cuando tuvo por primera vez la idea obsesiva de la muerte de su familia y se horrorizó de esta visión diabólica, le asaltó, no sin cierta ironía, un pequeño recuerdo. Era éste: años atrás, cuando su vida aún era inocente, casi feliz, comentó con sus compañeros el horrible crimen de un maestro de escuela del sur de Alemania, llamado W. (no recordaba exactamente el nombre) que había degollado a toda su familia de una forma terrible y sangrienta y que después se había dado muerte a sí mismo. Se trataba de saber hasta qué punto podía hablarse de responsabilidad en un acto de tal clase y, en general, si se podía comprender y explicar una explosión tan horrible de monstruosidad humana.(…)

De pronto encontró el nombre de «Wagner» en sus labios. ¡Qué inconscientemente pronunció: «Wagner, Wagner»! ¿De dónde procedía este nombre? ¿De qué pozo? ¿Qué quería? ¿Quién era Wagner? ¿Wagner? Se aferró al nombre. Por fin tenía una tarea, un problema que era preferible que flotar en lo amorfo. Así pues, ¿quién es Wagner? ¿Qué importa Wagner? ¿Por qué mis labios, los deformados labios de mi rostro de asesino, pronuncian ahora, de noche, el nombre de Wagner? Se calmó. Se le ocurrieron toda clase de cosas. Pensó en Lohengrin y en la relación poco clara que tenía con el músico Wagner. A los veinte años le había gustado apasionadamente. Más tarde su entusiasmo se enfrió y con el tiempo le había encontrado una serie de objeciones y reparos. Había criticado mucho a Wagner y quizás esta crítica no estaba dirigida tanto contra el propio Richard Wagner, como contra su propia admiración por él.

“Wagner : Lohengrin : Prelude to Act 1”, de Joseph Keilberth

¿Había caído de nuevo en la trampa? ¿Había vuelto a mentir, un pequeño embuste, una inmundicia? Sí, aparecían una tras otra. ¡La intachable vida del empleado y esposo Fiedrich Klein no había sido completamente impecable, completamente limpia, a cada paso había algo que ocultar! Sí, de acuerdo, lo mismo había pasado con Wagner. Friedrich Klein había jugado y odiado duramente al compositor Richard Wagner. ¿Por qué? Porque Friedrich Klein no podía perdonarse que de joven hubiese estado loco por este mismo Wagner. Porque juventud, exaltación y Wagner, todo, le recordaba penosamente lo perdido, porque se había dejado atrapar por su mujer a la que no amaba, o no mucho, no lo bastante. ¡Ah, y tal como procedía contra Wagner, el empleado Klein también lo hacía con muchas otras personas y cosas!

¡Era un buen hombre el señor Klein, y tras su honradez sólo escondía suciedad y porquería! ¡Ah, si quisiera ser honrado, cuántos pensamientos secretos hubiera tenido que ocultarse! ¡Cuántas miradas a chicas bonitas por la calle, cuánta envidia a las parejas de enamorados que encontraba cuando se dirigía de la oficina hacia su mujer, a casa! Y luego la idea de asesinato. Y el odio, también válido para él, contra aquel maestro de escuela… De repente se estremeció. ¡Otra cosa que encajaba! ¡El maestro de escuela y asesino también se llamaba Wagner! ¡Aquí estaba el meollo! Wagner, así se llamaba aquel siniestro, aquel loco asesino que había liquidado a toda su familia. ¿Toda su vida había estado tal vez ligada a ese Wagner? ¿No le había seguido por doquier esta sombra maldita? Ahora, gracias a Dios, había vuelto a encontrar el hilo. Sí, en otros tiempos, en los buenos tiempos ya lejanos, había echado pestes, se había indignado y encolerizado contra ese Wagner y le había deseado los mayores castigos. Y después, sin embargo, él mismo, sin pensar más en Wagner, había tenido los mismos pensamientos y había visto varias veces, en sueños, cómo mataba a su mujer y a sus hijos. ¿Y no era realmente comprensible? ¿No era eso? ¿No se podía concluir fácilmente que la responsabilidad ante la existencia de los hijos era insoportable, tan insoportable como la propia esencia y existencia que uno sentía como error, culpa y tortura? Suspirando abandonó este pensamiento.

Ahora le parecía completamente seguro que, cuando conoció por primera vez aquel homicidio wagneriano, ya entonces lo había comprendido y aprobado en su interior, aprobado naturalmente sólo como posibilidad. Ya entonces, cuando aún no se sentía desgraciado ni su vida estaba frustrada, ya entonces, años atrás, cuando aún le parecía querer a su mujer y creía en su amor, ya entonces en su fuero interno había comprendido al maestro de escuela Wagner y había estado secretamente de acuerdo con su acción. Todo lo que dijo y opinó entonces había sido sólo la opinión de su mente, no de su corazón. Su corazón —aquella raíz íntima, origen del destino— había tenido siempre otra opinión, había comprendido y aprobado el crimen. Siempre habían existido dos Friedrich Klein, uno visible y otro oculto, uno empleado y otro criminal, uno padre de familia y otro asesino. Pero en aquella época había estado de parte del «mejor» yo, del empleado y persona decente, del esposo honorable y ciudadano honrado. Nunca había aceptado la secreta opinión de su interior, nunca le había conocido. ¡Y, sin embargo, esta voz interior le había guiado sin darse cuenta y le había convertido finalmente en fugitivo e infame! (…)

En mi mundo de ahora ya no significan nada decente o indecente, cada uno intenta vivir para sí su dura vida. Sintió por un momento que su desprecio por la rubia era tan superficial y falso como su antigua indignación contra el maestro de escuela, el asesino Wagner, y también como su aversión por el otro Wagner cuya música le pareció demasiado sensual en otra época. (…)

Volvía a Wagner, volvía el mundo de lo bello, pero sin orden ni disciplina, el mundo del viajero, sin disimulo, sin timidez, sin mala conciencia. Había un enemigo dentro de él que le negaba el paraíso. (…)

Era eso lo que había querido sentir el homicida Wagner cuando bañó en sangre a su mujer, a sus hijos y a sí mismo. Era exactamente eso. ¡Oh, le comprendía tan bien! Él también era Wagner, era un hombre con buenas dotes, capaz de sentir lo divino, capaz de amar, pero demasiado agobiado, demasiado meditabundo, demasiado fácil de cansar, demasiado consciente de sus defectos y enfermedades. ¿Qué podía hacer en el mundo una persona así, un Wagner, un Klein? Teniendo siempre ante los ojos el abismo que le separaba de Dios, sintiendo siempre que la desgarradura del mundo atravesaba su propio corazón, cansado, consumido por el eterno impulso hacia Dios que irremediablemente terminaba en una recaída. ¿Qué otra cosa podía hacer un Wagner, un Klein, sino extinguirse, él y todo lo que pudiera recordarle, y arrojarse al oscuro regazo desde donde el mundo mortal de las creaciones siempre empujaba a lo inimaginable? ¡No, no había otra posibilidad! Wagner debía irse, Wagner debía morir, Wagner debía ser borrado del libro de la vida. Quizá fuera inútil matarse, quizá fuera ridículo. Quizás era completamente cierto lo que los ciudadanos, en aquel otro mundo del más allá, decían del suicidio. Pero para las personas en tal situación, ¿había algo que no fuera ridículo? No, nada. Siempre era mejor tener el cráneo bajo las ruedas del tren, sentir cómo estalla y sumergirse voluntariamente en el abismo. (…)

Al despertar de este profundo sueño vio maravillado árboles encima de él. Estaba entumecido por el duro lecho, pero refrescado. Con una leve inquietud el sueño resonaba en él. ¡Qué raro, ingenuo y oscuro juego de la fantasía!, pensó sonriendo un momento cuando recordó la puerta con la invitación a entrar al teatro «Wagner». ¡Qué idea representar así su relación con Wagner! El duende del sueño era brutal, pero genial. Dio en el clavo. ¡Parecía saberlo todo! ¿El teatro con el título de «Wagner» no era él mismo, no era la invitación a penetrar en sí mismo, en el desconocido país de su auténtico interior? Wagner era él mismo, Wagner era el asesino y la presa; pero Wagner también era el compositor, el artista, el genio, el seductor, la inclinación a la alegría de vivir, la voluptuosidad, el lujo; Wagner era el nombre colectivo de todo lo reprimido, lo hundido, lo perdido en el antiguo empleado Friedrich Klein. ¿Y «Lohengrin» no era también él mismo, Lohengrin, el caballero errante con un misterioso objetivo cuyo nombre no podía preguntarse? Lo demás era confuso, la mujer con la terrible cabeza enmascarada y la otra con las uñas; la cuchillada en el vientre le recordó algo también, esperaba encontrarlo. La atmósfera de asesinato y de peligro de muerte era extraña y estaba profundamente mezclada con la de teatro, máscaras y juego. (…)

Suspirando hurgó con los pulgares las cuencas de sus ojos, donde se localizaba ese dolor diabólico, entre los ojos y la frente. Seguro que Wagner, el maestro Wagner, también había sentido este dolor. Seguro que durante varios años había sentido este dolor monstruoso y lo había soportado y sufrido. Y en su tortura, en su inútil tortura había creído madurar y acercarse a Dios. Hasta que un día no pudo soportarlo más, igual como él, Klein, tampoco podía soportarlo más. ¡El dolor era lo de menos, lo insoportable era los pensamientos, los sueños, las pesadillas! Entonces, una noche, Wagner se había levantado y había visto que no tenía ningún sentido, ninguno más, el ir coleccionando muchas noches como aquella, atormentadoras; así uno no iba hacia Dios. Y fue a buscar el cuchillo. Quizá fue inútil, quizá fue insensato y ridículo por parte de Wagner asesinar. No podía comprenderlo quien no conociese sus tormentos, quien no hubiese padecido su sufrimiento. (…)

Observó con mucha atención el rostro de la durmiente, los hombros, el pecho, el pelo rubio. Todo esto le había embelesado, le había engañado, le había seducido, todo le había hecho creer en el placer y la felicidad. Ahora todo había acabado, ahora saldarían cuentas. Había entrado en el Teatro Wagner y había descubierto por qué todos los rostros, una vez disipado el engaño, eran tan desfigurados e insoportables. (…)

De pronto se detuvo. Había cogido una cosa que estaba sobre una mesa y la miraba. Era un espejo pequeño, ovalado y plateado. Desde el espejo le miraba su rostro, el rostro de Wagner, un rostro extraviado, desfigurado con profundos surcos sombríos, un rostro con los rasgos destruidos y borrosos. Últimamente le sucedía muy a menudo verse de improviso en un espejo. Ahora, en cambio, le parecía como si no se hubiera mirado en un espejo desde hacía muchos años. Eso también parecía pertenecer al Teatro Wagner. (…)

Todas las acciones de su vida estaban ante él, todos los rostros de sus amores, todos los cambios de su sufrimiento. Su mujer fue pura e inocente como él mismo; Teresina sonreía con aire infantil. El asesino Wagner, cuya sombra se extendía tan ampliamente sobre la vida de Klein, le sonreía fijamente y su sonrisa explicaba que la acción de Wagner también había sido una vía para la salvación, un soplo, un símbolo, y que muerte, sangre y horror no eran cosas que existieran realmente, sino sólo valoraciones de nuestras almas autoatormentadas. Klein había vivido años de su vida con el crimen de Wagner. Entre la reprobación y la aprobación, la condena y la admiración, la abominación y la imitación de este crimen se habían creado cadenas infinitas de torturas, de miedo, de miseria. Cientos de veces, lleno de miedo, había presenciado su propia muerte, se había visto morir sobre el cadalso, había sentido el corte de la hoja de afeitar en el cuello y la bala en la sien.

Y ahora, cuando realmente llegaba a la tan temida muerte, ¡era tan fácil, era tan sencillo, era alegría y triunfo! En el mundo no había nada que temer, nada era terrible. Sólo con la ilusión nos creábamos todo este temor, toda esta pena; sólo en nuestra propia alma angustiada surgía el bien y el mal, el valor y la futilidad, el deseo y el temor. La figura de Wagner se perdía en la lejanía. Él no era Wagner, ya no lo era, no existía ningún Wagner, todo había sido un engaño. ¡Ahora Wagner podía morir! Él, Klein, viviría. (…)

Otro hizo saber que los caminos de Dios llevaban a la lucha y a la guerra. Se le llamó luz, se le llamó noche, padre, madre. Uno lo consideró como reposo, otro como movimiento, como fuego, como frío, como juez, como consolador, como creador, como destructor, como indulgente, como vengador. Dios mismo no se calificaba. Quería ser calificado, quería ser amado, quería ser alabado, maldecido, odiado, adorado. La música del coro universal era su templo y era su vida, pero no le importaba con qué nombre se le considerase, si se le quería o si se le odiaba, si en Él se buscaba reposo y sueño, o danza y frenesí. Todos podían buscar. Todos podían encontrar. Klein percibió ahora su propia voz. Cantaba. Cantaba con voz nueva, potente, clara, sonora; cantaba fuerte y alto la alabanza de Dios, el elogio de Dios. En el vertiginoso flotar, entre millones de criaturas, cantaba él, un profeta y un precursor. Su canto resonaba potente, la bóveda de sonidos se elevaba. Dios, radiante, estaba sentado en su interior. La inmensa corriente le arrastró hacia allí.

hesse divinidad

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Quant a rexval

M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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