Catalunya: una historia y algunas paradojas (2). De la Dictadura de Primo al triunfo del nacionalismo. ¿Independencia?

macia Francesc Macià proclama la República Federada Catalana dentro de la República española.

Seguimos con el excelente artículo de Joan B. Culla i Clarà. No obstante me gustaría hacer alguna consideración previa antes de entrar de lleno en el escrito citado. Hemos visto que el catalanismo o el nacionalismo ha sido siempre moderado. No pretendía la independencia sino cambios en el Estado para modernizarlo y alguna cesión de Madrid que permitiera el uso de la lengua catalana o algún tipo de autonomía. Pero el españolismo siempre se mostró centralista a ultranza y nunca cedió en nada, con la excepción de la Mancomunitat de Catalunya, que bien poca cosa era, però que los catalanes supieron sacarle provecho.

La propaganda españolista afirma que Catalunya se independizó en dos ocasiones de España durante la II República Española. Solo hay que leer las proclamas de Macià i de Companys para comprobar que es falso. Veamos:

El 14 de abril de 1931, mismo día de la proclamación de la II República española, Francesc Macià proclama la República Federada Catalana dentro de la República española.

Lluís_CompanysCompanys proclama el Estado catalán de la República federal española.

El 6 de octubre, aprovechando el estallido de la Revolución de Asturias un día antes y la proclamación del estado de guerra por el presidente de la República, Alejandro Lerroux, Companys proclama el Estado catalán de la República federal española.

Como vemos ambas proclamaciones se sitúan dentro de la República Española. No son independentistas sinó federalistas. El independentismo nuna había sido mayoritario dentro del catalanismo hasta ahora. Como el artículo acaba en el siglo XX y los hechos se refieren al XXI los comento yo mismo. El último intento de estar dentro de España, de una España que respete a Catalunya se produjo hace unos años. El socialista Zapatero aseguró que respetaría el Estatut que estaban eleborando los catalanes tal cual saliera del Parlament. Mintió.

Su compañero de partido Guerra dijo de manera ofensiva que iba a cepillar el estatuto de manera que el que saliera no se parecería al que entró. Eso hizo. Se jactó y se mofó como es normal en un personaje de su catadura moral. Aún así, los catalanes lo votaron en referèndum y ganó el sí. El PP lo lleva al Tribunal Constitucional y lo tumba después de haber sido votado positivamente en referéndum por los catalanes que bastante paciencia tuvieron con el cepillado de Guerra. Esto enfureció a los catalanes, que llegaron a la conclusión de que no valía la pena negociar nada con Madrid. Ya no se conformaban con un federalismo imposible con centralistas de armas tomar y deciden tomar la vía independentista diga lo que diga Madrid. Boicots, tomaduras de pelo, agresiones, etc. han convencido a los catalanes de que lo mejor que pueden hacer es independizarse, y en ese proceso están contando con toda la artilleria de la caverna mediática, la prensa española y alguna bravuconada de militares activos o en la reserva.

Unos han amenazado con suspender la autonomía catalana, y otros, con la Brunete. Pronto habrá elecciones autonómicas que los partidos catalanistas han presentado como constituyentes en el sentido de declarar la independencia o no. Nunca como ahora ha habido tantos independentistas en Catalunya, y los responsables han sido los españoles que no tratan ni al país ni al pueblo como se merecen.

Un pueblo que se declara nación -que a eso es lo que siente –  ante la oposición españolista. Vivimos en una falsa democracia que impide el derecho a decidir de los puenlos. Se pretende que uno se sienta español por decreto y eso no es posible. El camino emprendido ya no tiene vuelta de hoja. Como en otras ocasiones, Catalunya va a por todas. Resulta incomprensible que si en países de nuestro entorno com Escocia, Quebec o Eslovaquia se haya podido realizar un referéndum de autodeterminación en Catalunya no se pueda, como si se tratasa de una colonia española sin derechos políticos. No han aprendido la lección del 98. Entonces tampoco cedieron sino que enviaron al ejército y ya sabemos lo que sucedió.

A continuación la seguna parte del artículo:

Una tregua entre dos dictaduras

miguel Primo_de_Rivera

El dictador Primo de Rivera.

Naturalmente, la falta de resultados prácticos tras dos décadas de movilizaciones democráticas y, sobre todo, la instauración desde 1923 de la dictadura de Primo de Rivera – una dictadura más bien paternalista y poco sangrienta,pero obsesionada en reprimir el catalanismo – terminaron por provocar en éste una cierta radicalización. Es durante los años 20 cuando surgen en Cataluña los primeros y pequeños grupos que, de verdad, son separatistas; se nutren de jóvenes estudiantes, empleados de cuello blanco y los encabezaba el antiguo coronel Francesc Macià; les gustaría imitar a Collins, a De Valera y al Irish Republican Army, pero sus románticas conspiraciones fracasadas y sus atentados fallidos evocan más bien a Garibaldi o a Tartarin de Tarascon. De hecho, este nuevo independentismo armado no provoca ni sufre un solo muerto, y su único éxito se sitúa en el terreno de la propaganda: se convierte al coronel Macià en el símbolo de la dignidad catalana frente a la tiranía española de Primo de Rivera.

En Cataluña, pues, el modelo irlandés inspiró más a los poetas que a los políticos. Unos políticos cuyo radicalismo, por otra parte, era muy relativo: tan pronto como, en 1930-1931, la crisis de la monarquía de Alfonso XIII abrió las puertas a un cambio democrático en España, Macià y los suyos abandonaron rápidamente la estrategia insurreccional y se prepararon para las luchas electorales, en las que consiguirían triunfos mucho mayores.

PROCLAMACION-II-REPUBLICA14 de abril de 1931, proclamación de la II República.

Es cierto que, el 14 de abril de 1931, cuando el resultado de unas elecciones municipales precipitó el colapso de la monarquía, Macià lo aprovechó para proclamar en Barcelona una República Catalana distinta de la Repùblica Española que se instauraba en Madrid. Pero se trató de una expansión sentimental, de un gesto simbólico, no de un intento secesionista serio: tres días después, una amigable negociación sustituía la ficticia República Catalana por un modesto gobierno autónomo provisional, y el coronel Macià aceptaba lealmente la legalidad española. Su conducta política iba a merecer incluso el elogio entusiasta del embajador británico, Sir George Grahame, que se refiere al “señor Macià” como “un catalán venerable, franco y lleno de ideales”.

azana Manuel Azaña, presidente de la República.

La Segunda República favoreció un cierto clima de efusión y de confianza entre el nacionalismo catalán ahora inclinado a la izquierda sobre una base pequeño-burguesa y popular – a la manera del radical-socialismo francés – y el reformismo progresista representado en Madrid por Manuel Azaña, que consideraba indispensable para la estabilidad de la democracia española dar a los catalanes un nivel aceptable de autogobierno. El fruto de este clima fue el Estatuto laboriosamente discutido por las Cortes y aprobado en 1932, que convertía a Cataluña en una ‘región autónoma’ – la única, por el momento – dentro de la República, con importantes responsabilidades sobre el orden público, la enseñanza, la cultura o la justicia.

Este compromiso político, sin embargo, era muy frágil, porque las derechas españolas seguían rechazando la autonomía catalana y viendo en ella la antesala de la disgregación del Estado, una amenaza aún más terrible que la misma revolución; como dijo uno de sus líderes, “preferimos una España roja que rota“. Cuando, a principios de 1934, esas derechas monarquizantes se aproximaron de nuevo al poder, la sintonía entre los gobiernos de Madrid y Barcelona fue substituida por el recelo, el catalanismo se puso a la defensiva y el funcionamiento del Estatuto comenzó a chirriar.

Muy pronto, la mezcla explosiva de las tensiones nacionalistas, los antagonismos ideológicos y los conflictos sociales condujeron a la insurrección de octubre de 1934, cuya derrota llevó al gobierno catalán y a muchos dirigentes de la izquierda española a la cárcel y provocó la anulación temporal del régimen autónomo de Cataluña. La victoria electoral del Frente Popular, en febrero de 1936, lo restableció, pero en total, antes de la sublevación militar de julio, el Estatuto catalán había tenido vigencia apenas dos años y medio; un balance bastante decepcionante.

Franco0001Identificado con la democracia y con la República progresista, el nacionalismo catalán – el rojo-separatismo – era uno de los grandes peligros contra los que se levantó la derecha civil y militar española en el verano de 1936. Y a pesar de que, en Cataluña, no fueron los nacionalistas, sino los anarquistas y los comunistas quienes impusieron su ley desde el comienzo de la guerra civil, las instituciones catalanas y una gran parte de la sociedad permanecieron fieles a la causa antifascista bajo el torbellino bélico revolucionario; sólo una minoría de catalanistas conservadores siguieron su instinto de clase y se lanzaron en brazos de los generales facciosos. En todo caso, la derrota republicana suponía la derrota política de Cataluña, aunque algunos catalanes se sintieran socialmente vencedores. Ya en abril de 1938, apenas sus tropas habían pisado el territorio catalán, el general Franco abolió el Estatuto de Cataluña “en mala hora concedido por la República”, y devolvió a las provincias catalanas “el honor de ser gobernadas en pie de igualdad con sus hermanas del resto de España”.

Durante la inmediata posguerra, este ‘honor’ significó un verdadero terror blanco3.300 fusilados, entre ellos el presidente catalán, Lluís Companys, capturado en la Francia ocupada con la ayuda de la Gestapo – y la represión implacable contra las fuerzas democráticas y de izquierda, pero también contra cualquier expresión pública de la identidad nacional catalana, empezando por la lengua; “si eres español, habla español”, exigía uno de los eslógans favoritos del franquismo victorioso.

Este clima de asfixia cultural e identidaria se relajó lentamente a partir de los años 50: el poder empezaba a tolerar – siempre bajo la censura – el teatro, ciertos libros, algunas revistas muy minotarias en catalán. De todos modos, cualquier reivindicación política de carácter catalanista seguía rigurosamente perseguida, y la dictadura confiaba aún en una muerte dulce del ‘problema catalán’ gracias a la lenta extición de su núcleo lingüístico, simbólico y sentimental.

Hacia una Cataluña más compleja

De la catástrofe de 1939, Cataluña sólo pudo salvar su dinamismo económico y su tradición industrial, que atraían hacia ella a los emigrantes de la España rural, fugitivos de la miseria y de una estructura social casi feudal. El resultado de esta tendencia demográfica es espectacular: a lo largo del período franquista Cataluña – con una población previa de 2,9 millones de habitantes – acogió más de un millón y medio de inmigrantes orginarios de Andalucía, de Extremadura, de la Mancha, etcétera. Gente que llenaron las fábricas y los talleres, que ensancharon rápidamente el cinturón obrero de Barcelona, que aumentaron el potencial productivo del país, pero que también trajeron consigo su lengua, su cultura, sus costumbres, su folklore.

En las condiciones impuestas por la dictadura, la transmisión familiar y el amparo de algunos sectores de la Iglesia católica servían apenas para preservar, entre los catalanes de origen, el conocimiento de la lengua autóctona y los sentimientos de identidad colectiva. Sin embargo, estos mecanismos no podían surtir efecto sobre la masa de nuevos catalanes recién llegados; para éstos, sólo la escuela, la prensa, la radio, más tarde la televisión hubieran podido facilitar el aprendizaje del catalán y la gradual integración sociocultural. Puesto que el franquismo lo hacía imposible, esa integración resultó más lenta, difícil e imperfecta, y dejó en el seno de la sociedad catalana una frontera lingüística e identitaria potencionalmente peligrosa.

Por fortuna, el carácter radicalmente españolista del régimen de Franco favoreció que, contra él, los partidos de la izquierda clandestina defendieran con energía los derechos nacionales de Cataluña y que, por ejemplo, obreros comunistas de origen andaluz arriesgaran la cárcel manifestándose por la autonomía catalana mucho antes de saber qué significaba eso exactamente. De este modo, el peligro de escisión y enfrentamiento entre una comunidad catalanófona nacionalista y otra comunidad castellanohablante y antinacionalista quedó disipado, y la sociedad catalana llegó a las postrímeras del franquismo sólidamente cohesionada, en lo político, por la doble e inseparable exigencia de libertades democráticas para toda España y de un autogobierno razonable para Cataluña.

La plasmación de esta unidad reinvindicativa fue, desde 1971, la Asamblea de Cataluña, un organismo unitario sin paralelo en el resto de la Península, impulsado por comunistas y socialistas, pero poblado también por cristianos o maoístas, por sindicatos, corporaciones profesionales o asociaciones de barrio. El 15 de junio de 1977, en las primeras elecciones libres después de cuarenta años, las candidaturas que recogían el espíritu autonomista de la Asamblea obtuvieron más del 75% de los votos y 37 diputados sobre 47 posibles. Tres meses más tarde, el 11 de septiembre, la demanda de un Estatuto de autonomía equiparable al de 1932 reunía a más de un millón de personas, catalanes de orígen mezclados con catalanes de adopción, en una de las mayores manifestaciones de la Europa de posguerra.

pujolJordi Pujol, president de la Generalitat durante décadas.

Durante el verano de 1977, el corresponsal de Le Monde, Marcel Niedergang, podía escribir: “Barcelone aujourd’hui est plus rouge que Bologne, et la Catalogne devient le plus solide bastion de la gauche en Europe occidentale”. Este paisaje electoral, mantenido mientras se aprobaban la Constitución española de 1978 y el nuevo Estatuto catalán de 1979 – globalmente más generoso que el de los años republicanos – hizo creer a las izquierdas en la seguridad de su victoria tan pronto se celebraran elecciones al parlamento autónomo. Se equivocaron. En marzo de 1980, los votos pusieron la Generalitat – nombre tradicional del gobierno de Cataluña – en manos de Convergència i Unió (CiU), una coalición nacionalista de centro-derecha formada por liberales demócratacristanos bajo la direción de un antifranquista acreditado Jordi Pujol.

Aquella sorpresa de 1980 parecía un accidente, pero salió una tendencia de largo alcance; en 1984, en 1988, en 1992 y en 1995 los nacionalistas de Pujol han revalidado su triunfo – casi siempre por mayoría absoluta con el apoyo estable de más de 40% de los votantes, y con la ayuda indirecta de una abstención significativa: la de la parte menos integrada de los antiguos inmigrantes, aquellos que no se sienten concernidos por unas elecciones catalanas o las consideran poco importantes. En todo caso, Pujol ha administrado esas mayorías con moderación, ha potenciado la lengua y la identidad de Cataluña sin provocar graves rechazos, ha desplegado una actividad europeísta e internacional muy intensa y cada vez más apreciada, y sus contribuciones a la estabilidad política española, auxiliando primero al gobierno socialista (1993-1996), apuntalando después al gobierno del Partido Popular (desde 1996) disipan cualquier sospecha razonable sobre el radicalismo o el separatismo ocultos del presidente catalán.

Justamente este largo reinado de la prudencia y el compromiso ha provocado, en el seno del nacionalismo, una reacción minoritaria – nunca superior al 10% de los votos – que quiso inspirarse en la fiebre báltica y en el divorcio de terciopelo checo-eslovaco para avanzar de manera pacífica y democrática hacia la independencia. Hoy, el independentismo catalán, recientemente dividido en dos partidos rivales, ha perdido aliento y parece estar muy, muy lejos de seducir a la mayoría social imprescindible para su proyecto.

En cuanto a las izquierdas, éstas reaccionaron mal a su inesperada derrota catalana de 1980 y, en algunos casos, la frustración se resolvió con una renuncia airada al nacionalismo, abusivamente identificado con Jordi Pujol, el vencedor imprevisto. Los partidos socialista y comunista, sin embargo, se han mantenido en conjunto fieles a un proyecto político, social y cultural catalanista, y han obtenido del cuerpo electoral un altísimo grado de confianza; por ejemplo, ejercen el poder municipal en Barcelona y en muchas otras ciudades, y han ganado – en Cataluña – las siete elecciones al Parlamento español celebradas desde 1977.

¿Significa esto que la Cataluña actual es un territorio dual, escindido entre una Barcelona de izquierdas, cosmopolita, hanseática, y un arrière-pays nacionalista, tradicional, encerrado en sí mismo? En absoluto. Con una tupida red de ciudades intermedias, diez universidades para sus seis millones de habitantes, una economía muy abierta y una sociedad compleja y emprendedora, Cataluña es hoy un país lleno de matices y contradicciones, de un calvinismo mediterráneo, donde la cuestión nacional confunde todavía más los ya muy problemáticos confines entre derecha y izquierda, y donde cientos de miles de electores votan a un partido para el municipio, a otro para el gobierno autónomo, y a veces a un tercero para el gobierno de Madrid. ¿Esquizofrenia política? Más bien un prudente deseo de equilibrio, de evitar excesivas concentraciones de poder, y la vieja precaución de no poner todos los huevos en el mismo cesto.

A las puertas ya del siglo XXI, y más cerca todavía de la Unión Monetaria Europea, los problemas y los desafíos de esta sociedad son numerosos y difíciles. Problemas de identidad colectiva – ¿catalanes? ¿españoles? ¿europeos? – en tiempos de multiculturalidad; problemas para hallar una articulación política satisfactoria Cataluña-España más allá de los pactos coyunturales con un gobierno del PSOE o con otro del PP; problemas de coexistencia entre dos lenguas de tamaño muy desigual – catalán y castellano – sin que nadie se sienta discriminado, pero sin que la lengua más fuerte aplaste a la más débil; problemas de una coalición nacionalista que gobierna la Generalitat desde hace 18 años y que sufre el natural desgaste, aunque su líder, Jordi Pujol, no parece fácil de batir; etcétera. Frente a todas estas incógnitas, una sociedad que a lo largo de los últimos años ha poseído muy poco poder político, que ha soportado largas dictaduras, que ha recibido una formidable inmigración en las peores condiciones y que, sin embargo, continúa siendo distinta, mantiene un alto grado de bienestar material, es permeable e integradora y, por encima de todo, convive sin violencia ni tensiones comunitarias graves, una sociedad como ésta puede contemplar con vigilante optimismo su futuro en la Europa del Dos Mil.

manifestacion-independentis_54349943129_53389389549_600_396Manifestación independentista.

Nota: Aquí acaba el artículo. Como es sabido el nacionalismo pujolista en manos de Mas, sucesor de Pujol, será derrotado por el Tripartit de izquierda, vendrá el proceso fallido del último Estatut, volverá a ganar CiU liderada por Mas y llegaremos al momento actual en el que el independentismo se ha ido convirtiendo en un movimiento multitudinario y fuerte que ve en la independencia la solución a los problemas de Cataluya y la culminación de sus derechos nacionales que Madrid sigue negando impidiendo su derecho a decidir. Ahora mismo estamos en un momento histórico que hace pocos años era impensable.

Manifestació 11 setembre 2012: Catalunya nou estat d’Europa

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Quant a rexval

M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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Una resposta a Catalunya: una historia y algunas paradojas (2). De la Dictadura de Primo al triunfo del nacionalismo. ¿Independencia?

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