Salomé y el arte por el arte. Sobre la moralidad (II)

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Alice Guszalewicz como Salomé.

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Aunque una obra se inscriba en el denominado arte por el arte, resulta imposible que, de una manera u otra, no contenga elementos extraartísticos ya que es hija de su autor y sus circunstancias, de su tiempo y su espacio independientemente del hecho de que tenga o no una finalidad que sobrepase lo meramente artístico. Con Salomé sucede sin duda. A nadie se le escapa que tras el esteticismo hay una toma de postura ética y estética de rechazo a los valores morales propios de la represiva sociedad de su época. Quizá este no fuera el objetivo consciente del autor, pero el inconsciente es muy poderoso y siempre aflora a la superficie. De manera objetiva, el argumento de la obra que nos ocupa supone una subversión respecto de lo establecido y la música no hace si no potenciarlo.

Podemos apreciar la existencia de la dualidad sensualidad / moralidad. La sensualidad estaría representada por Salomé – y Herodes – mientras que la moralidad la encarnaría Jokanaan. Es un tema, éste de la moralidad versus sensualidad, recurrente que aparece en otras obras, como Tannhäuser o Carmen y que se remonta a los principios de la misma civilización cristiana y la pecaminización del sexo.

Tanto Wilde como Straus toman partido por la sensualidad. La música recuerda a la de Tristan en cuanto a su exaltación de lo sensual y erótico. De música orgásmica fue catalogada. Es muy avanzada para la época, al límite de la tonalidad, camino en el que seguiría el compositor en Elektra llevándolo a un callejón sin salida que le hizo poner marcha atrás con Rosenkavalier. De todos modos, pienso que la trasgresión parte del mismo texto que resultaba escandaloso por su contenido escabroso y sexual en la puritana sociedad victoriana de la época, que consideraba, asimismo, que tampoco era aceptado llevar al escenario un texto bíblico. Por ello, Wilde lo escribe en francés una vez fracasados los intentos de estrenar en Londres. Tendrían que pasar 40 años para ello.

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Herodes: entre el miedo supersticioso y la lascivia.

A pesar de esta mayor permisividad, tuvo que alterar el texto primitivo para poder estrenar en la más abierta y permisiva París. En concreto, se vio obligado a suprimir una escena de homosexualidad entre los soldados que aparecen al principio de la tragedia sustituyendo a uno de ellos por una mujer. París también imponía su moral. Aún así, el empeño de Wilde por reivindicar la homosexualidad – la suya y la de los demás – no pasa desapercibido a un observador atento. Lo vemos en Herodes, personaje que dista mucho de ser un ejecutante de ningún castigo por inmoralidad, ya que el más inmoral es él mismo, que no recuerda en absoluto al comendador de Don Giovanni. Wilde saca a relucir el tema de su condición sexual en la obra. Así, cuando el vicioso tetrarca descubre el cadáver del soldado hace alusión a su belleza de una manera sospechosa. Se refiere a él como: “Ese joven sirio tan hermoso.” Antes había dicho: “Yo no he mandado matarle”. No hay compasión ante la visión del muerto. Se trata de la belleza de un cadáver, recordando a Salomé y su monólogo con la cabeza de Jokanaan.

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Maude Allan como Salomé

Tanto la obra teatral como la ópera tuvieron problemas de censura. En Europa apenas se pudo estrenar en teatros privados, ya que era problemática su representación en los comerciales que, a menudo, no la admitían. En España se estrenó en catalán en Barcelona, con la emblemática Margarita Xirgu, tan admirada y querida por otro homosexual, Lorca. Fue prohibida expresamente en Viena por la oposición de su influyente obispo. En Berlín se obligó a añadir una estrella de Navidad en el momento de la ejecución de Salomé como queriendo comunicar que ello fue grato para Dios. En el caso de Londres, cuatro décadas después, en 1931, se obligó a modificar el libreto para que pareciera que Salomé buscaba en Jokanaan un guía espiritual (sic) y no que su móvil era lascisvo (!). Esta era la condición para poder estrenarlo públicamente. De todos modos, como se representó en alemán, se engañó a la censura y se cantó sin realizar este atentado a la libertad de expresión.

Resumiendo, y música aparte, lo que molestaba era el libreto más que la música. De hecho, Elektra – mucho más audaz musicalmente – no tuvo estos problemas a pesar de que su libreto también es escabroso y sanguinario. El hecho de estar ambientada en la antigua Grecia en lugar de Israel contrubuyó a ello. Los temas bíblicos unidos al erotismo eran tabú en aquella época como lo fueron siglos atrás con el Cantar de los Cantares o décadas después con la ópera rock Jesus Christ Superstar, que también tuvo problemas de censura.

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Wilde y su amante Douglas.

Sobre al amor / sensualidad y la moralidad quisiera hacer algunos comentarios. Wilde no pretende darnos un sermón. Su mensaje es todo lo contrario: amoral y subversivo. No se salva nadie.

Jokanaán nos resulta un fanático intransigente y antipático, abducido por su religión, que no se muestra compasivo sino más vengativo que justiciero. Al contrario que el comendador de Don Giovanni, no ofrece la oportunidad del arrepentimiento ni del perdón. La justicia por la que clama al cielo es más bien vengaza. Podríamos decir que se nos presenta a una Salomé adolescente, casi ingenua, que es agredida verbalmente por el santo varón que más que humano parece un dios colérico, vengativo y destructor. Tras escuchar sus vaticinios, amenazas y exabruptos, la princesa quiere verlo. La respuesta de Jokanaan es terrible e insultante: “¡Atrás, hija de Babilonia!”, “¡Hija de Sodoma, no te acerques!” Wilde nos lo hace antipático en extremo y nos hace ponernos a favor de Salomé, que no es responsable de los pecados de su madre, a la que el profeta tanto odia. Como fanático santurrón que es, su postura no deja de ser hipócrita. Si se niega a  mirar a Salomé es porque en el fondo teme ser cautivado por su belleza. Nadie pone su mirada sobre ella sin sentirse atraído por sus encantos comenzando por el soldado suicida y acabando con el tetrarca. Así lo confirma Salomé cuando le dice a la cabeza decapitada de Jokanaán que si la hubiera mirado se hubiera enamorado de ella.

Herodes, supersticioso y cobarde, le teme. Por eso se niega a entregárselo a los judíos:

HERODES
¡Basta ya!
No lo pondré 
en vuestras manos.
Es un santo varón.
Un hombre 
que ha visto a Dios.

Los judíos representan la encarnación de los sacerdotes, con sus eternas disputas, con su arrogante manera de interpretar la religión y la divinidad, con sus acusaciones inquisitoriales de herejía. En definitiva, Wilde no solo hace una no tan velada crítica al clero sino a la religión misma. La intervención de unos de ellos nos deja bien a las claras que la moralidad no existe, que es un convencionalismo y que que lo que parece bueno puede ser malo y viceversa. Wilde atenta contra la moralidad establecida cuyos rectores son los sacerdotes:

QUINTO JUDÍO
Nadie puede decir 
de qué modo 
obra Dios, etc.
Es posible que las cosas 
que nosotros llamamos buenas
sean muy malas,
y que las cosas que llamamos malas
sean muy buenas.
No sabemos nada de nada.

Lo que sabemos es que Wilde no comulga con los que se erigen en guardianes de la moral que más tarde lo condenarán por homosexual. Y va más lejos cuando dice en boca del judío que no sabemos nada de nada, ni de Dios ni de la moral, que todo es un arbitrio en manos de quien detenta el poder.


Salome-Margarita Xirgu 1910

Margarita Xirgu. Barcelona,1910.

Podemos preguntarnos sobre la actitud de Salomé y si se trata de amor o de pura sensualidad o lascivia. Creo que el autor nos dice que todo es lo mismo o que da igual. De hecho, la princesa habla de “amor.” Dice que se ha “enamorado” de su “cuerpo.” Al final de la obra, fuera de sí, quizá en éxtasis amoroso o puramente carnal le dice a la cabeza decapitada de Jokanaan:

SALOMÉ
¡Ah! 
¿Por qué no quisiste mirarme,
Jokanaán?
Sobre tus ojos pusiste la venda 
que llevan los que sólo ven a Dios.
¡Pues bien!
Ya has visto a tu Dios, Jokanaán,
pero a mí, a mí, nunca me viste.
¡Si me hubieses visto,
me habrías amado!
Tengo sed de tu belleza.

Interesante fragmento. Por una parte habla de Dios y afirma que los que solo le ven llevan una venda sobre sus ojos, es decir, están realmente ciegos. Opone la visión a Dios con la visión a su propia persona. Se compara con Dios, que es su rival en la lucha por la mirada de Jokanaan. Finalmente afirma que si la hubiera visto a ella se hubiera “enamorado” de ella. Salomé habla de “amor”, no de “sensualidad” aunque realmente – en su caso – es lo mismo. No hay moralina. Ella va a recibir su castigo, pero el profeta ya ha recibido el suyo, que es su premio: el beso.

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Ensoñación Salomé-Lolita adolescente con top verde besando la cabeza de un apuesto y bien peinado Jokanaan que le corresponde mientras la sangre recorre su vientre.

Hablar de castigo quizá sea algo demasiado moral en este entorno tan falto de ella. No hay castigo, sino venganza, que es muy distinto desde un punto de vista ético. Como dije anteriormente, Ni Herodes ni Jokanaán tienen la altura moral del comendador de Don Giovanni en manos de Wilde. El profeta vaticina desatres y clama venganza. Es un santo varón en palabras del tetrarca, pero su postura es muy similar a la de los fundamentalistas islámicos de la actualidad. No hay compasión ni piedad. Es la ética del ojo por ojo sin posible redención más que la muerte, que es por lapidación en el caso de Herodías.

Se habla de castigo de Salomé, pero ¿quién la castiga? Un ser monstruoso, asesino de su hermano que yace con su mujer mientras babea lascivo por una adolescente, casi una niña, y se muestra impertérrito ante la visión de un cadáver al que reduce al recuerdo de su belleza en un tic homoerótico. Es supersticioso y cobarde. Está obsesionado con la luna y sus presagios. Ni el vino, ni los banquetes ni su lascivia libidinosa pueden hacerle olvidar el terror que siente. Cuando manda matar a Salomé no es por un acto de justicia contra el monstruo que él mismo ha contribuido a forjar. No le importa la vida de nadie más que la suya. El móvil para su crimen es el pánico que siente por la muerte de Jokanaan, por el temor supersticioso que le atormenta. Manda matar a Salomé para vengarse por el mal que le ha causado a él, no por el hecho en sí de la decapitación. Ya lo dijo al principio de la obra cuando vio la sangre del soldado: “Yo no he mandado matar a nadie”. Solo él puede mandar matar, pero ha tenido que dejar que lo haga una adolescente porque su lascivia le ha conducido a tal situación.

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Jokanaan o el fanatismo religioso representando la moralidad.

Si una palabra define esta obra es obsesión más que lascivia o amoralidad. Todos, absolutamente todos los personajes son presa de una obsesión que se apodera de ellos. La de Jokanaan es el castigo de los reyes que han pecado. La del soldado es la princesa. Salomé está obsesionada con besar al profeta. Herodías desea la ejecución del que no deja de acusarla de sus pecados. Los judíos están obsesionados con su religión. Finalmente, quien parece más obsesionado de todos es el tetrarca. Si los demás solo tienen una obsesión, él tiene varias: la de que algo terrible va a suceder por culpa de sus villanías, el pánico que le tiene a Jokanaán por creer que es el enviado de Dios y la de su atracción pederasta por la hija de su mujer.

Escena final. Nina Stemme sings at the Stockholm Opera on December 6, 2013. Also Niklas Björling Rygert as Herod and Marianne Eklöf as Herodias.

Una obsesión que podemos encontrar reflejada en la misma música como también la omnipresente sensualidad. Strauss refleja magistralmente en su partitura el contenido del libreto de manera que la parte musical podría funcionar sin el texto como una sinfonía descriptiva al modo de la Sinfonía Fantástica de Berlioz y su idea fija que aparece por doquier como una obsesión, la obsesión por la amada. Musicalmente, su modelo es Wagner. Strauss sigue el camino emprendido por el sajón hacia los límites de la disolución de la tonalidad, lo que es más evidente en Elektra.

Volviendo a la música y su toma de partido, con Strauss sucede algo similar a lo que acontece con Wagner y su toma partido por los amores supuestamente inmorales – según lo establecido – de los welsungos o de Tristán e Isolda, si bien hay una diferencia respecto al caso que nos ocupa de Wilde / Strauss. En el caso de Wagner, gran moralista y creyente del arte redentor, el sajón se manifiesta en contra de los valores morales burgueses que imponen una unión sin amor. Los personajes citados son outsiders y cometen incesto y adulterio, que al ser expresión de amor sincero, quedan redimidos.

En cambio, en Salomé lo que hay es pura carnalidad, lascivia, pero no queda claro si hay o no amor, palabra que la princesa utiliza reiteradamente. Entiendo que no importa, que para Wilde no tiene sentido la moral ya que se manifiesta partidario de la amoralidad. El irlandés no pretende ser un sacerdote del arte – cosa que destesta – ni  redimir a nadie con su arte. Es partidario del arte por el arte y su obra es autónoma, tiene vida más allá de cualquier planteamiento ético que a él no le interesa o que incluso rechaza. Wilde no se propone construir nada más allá de su arte, quizá contribuir a destruir lo establecido mediante él, aunque yo diría que como outsider le importa bien poco el concepto que de la ética y la moral defienda y pretenda imponer la sociedad de su tiempo. Ni sacerdote ni revolucionario, solo artista.


PD. Muy interesante el post de elpatiodebutacas sobre Salomé, de donde he tomado alguna de las ilustraciones. Os lo recomiendo.

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M'agrada Wagner, l'òpera, la clàssica en general i els cantautors, sobretot Raimon i Llach. M'interessa la política, la història, la filosofia, la literatura, el cinema i l'educació. Crec que la cultura és un bé de primera necessitat que ha d'estar a l'abast de tothom.
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Una resposta a Salomé y el arte por el arte. Sobre la moralidad (II)

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